viernes, 7 de septiembre de 2012
MARGUERITE YOURCENAR " OPUS NIGRO " RECOPILO RITA AMODEI
Título: Opus nigrum
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MARGUERITE YOURCENAR
Opus nigrum
Traducción de Emma Calatayud
Primera parte
La vida errante
«Nec certam sedem, nec propriam faciem, nec munus
ullum peculiare tibi dedimus, o Adam, ut quam sedem,
quan faciem, quae munera tute optaveris, ea, pro voto, pro
tua sententia, habeas et possideas. Definita ceteris natura
intra praescriptas a nobis leges coerceteur. Tu, nullis angustiis
coercitus, pro tuo arbitrio, in cuius manu te posui, tibi
illam praefinies. Medium te mundi posui, ut circumspiceres
inde commodius quicquid est in mundo. Nec te caelestem
neque terrenum, neque mortalem neque inmortalem
fecimus, ut tui ipsius quasi arbitrarius honorariusque plastes
et fictor, in quam malueris tute formam effingas…».
PICO DE LA MIRÁNDOLA,
Oratio de hominis dignitate
No te he dado ni rostro, ni lugar alguno que sea
propiamente tuyo, ni tampoco ningún don que te sea particular,
¡oh Adán!, con el fin de que tu rostro, tu lugar y
tus dones seas tú quien los desee, los conquiste y de ese
modo los poseas por ti mismo. La Naturaleza encierra a
otras especies dentro de unas leyes por mí establecidas.
Pero tú, a quien nada limita, por tu propio arbitrio, entre
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cuyas manos yo te he entregado, te defines a ti mismo.
Te coloqué en medio del mundo para que pudieras contemplar
mejor lo que el mundo contiene. No te he hecho
ni celeste, ni terrestre, ni mortal, ni inmortal, a fin
de que tú mismo, libremente, a la manera de un buen
pintor o de un hábil escultor, remates tu propia forma.
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El camino real
Henri-Maximilien Ligre proseguía, a pequeñas etapas,
su camino hacia París.
De las contiendas que oponían al Rey y al Emperador,
lo ignoraba todo. Únicamente sabía que la paz, que
databa tan sólo de unos meses, empezaba ya a deshilacharse
como un traje usado durante mucho tiempo. Para
nadie era un secreto que François de Valois seguía
echándole el ojo al Milanesado, como un amante desafortunado
a su hermosa; se sabía de buena tinta que
trabajaba calladamente para equipar y reunir, en las
fronteras del duque de Saboya, un ejército flamante, encargado
de ir a Pavía para recoger sus espuelas perdidas.
Mezclando retazos de Virgilio con las escuetas narraciones
de viajes de su padre el banquero, Henri-Maximilien
imaginaba, más allá de los montes acorazados de hielo,
filas de caballeros que bajaban hacia unas extensas y fértiles
tierras, tan hermosas como un sueño: llanuras rojizas,
fuentes borbotantes en donde beben blancos rebaños,
ciudades cinceladas como arquetas, rebosantes de
oro, de especias y de cuero repujado, ricas como almacenes,
solemnes como iglesias; jardines llenos de estatuas,
salas repletas de valiosos manuscritos; mujeres vestidas
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de seda, amables con el gran capitán; toda clase de refinamientos
en la pitanza y la orgía y encima de unas mesas
de plata maciza, dentro de unos frasquitos de cristal
de Venecia, el aterciopelado brillo de la malvasía.
Unos días antes, había abandonado sin gran disgusto
su casa natal de Brujas y su porvenir de hijo de mercader.
Un sargento cojo, que se alababa de haber servido
en Italia en tiempos de Carlos VIII, le había remedado
una noche sus gloriosas hazañas y descrito a las mozas y
sacos de oro a los que echaba mano al saquear las ciudades.
Henri-Maximilien le había pagado sus fanfarronadas
con un vaso de vino en la taberna. De regreso a casa,
se había dicho que ya era hora de comprobar por sí mismo
lo redondo que es el mundo. El futuro condestable
dudó si se enrolaría en las tropas del Emperador o en las
del Rey de Francia; acabó por jugarse la decisión a cara o
cruz; el Emperador perdió. Una sirvienta propaló sus
preparativos de marcha. Henri-Juste asestó primero
unos cuantos puñetazos al hijo pródigo y luego, calmándose
al contemplar a su hijo menor, que se paseaba por la
alfombra de la sala con su faldón largo, deseó socarronamente
a su hijo mayor que le soplara un buen viento
de popa en compañía de los locos franceses. Un poco de
amor paternal y un mucho de vanagloria, por afán
de probarse a sí mismo cuán grande era su influencia, le
hicieron prometerse que escribiría a su debido tiempo a
su agente en Lyon, Maese Muzot, para que recomendase
a aquel hijo indomable al almirante Chabot de Brion,
quien tenía deudas con la banca Ligre. Por mucho que
Henri-Maximilien pretendiera sacudirse el polvo del
mostrador familiar, no en balde se es hijo de un hombre
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que puede subir o bajar el precio de los productos, y que
concede préstamos a los príncipes. La madre del héroe
en ciernes le llenó la bolsa de vituallas y le dio a escondidas
dinero para el viaje.
Al pasar por Dranoutre, en donde su padre poseía
una casa de campo, persuadió al intendente para que le
dejara cambiar su caballo, que empezaba ya a cojear, por
el más hermoso animal que había en las cuadras del banquero.
Lo vendió en cuanto llegó a Saint-Quentin, en
parte porque aquel magnífico caballo hacía aumentar
como por encanto las cuentas que en la pizarra escribían
los taberneros y en parte porque su lujosa montura le
impedía gozar a su gusto de las alegrías que da el ancho
camino. Para que le durase algo más su peculio, que se le
escurría de entre los dedos más aprisa de lo que hubiera
querido, comía, en compañía de los carreteros, el tocino
rancio y los garbanzos de las más ruines posadas y por las
noches dormía encima de la paja; mas perdía de buen
grado en rondas y en naipes todo lo que había economizado
en el alojamiento. De cuando en cuando, en alguna
que otra granja aislada, una viuda caritativa le ofrecía su
pan y su cama. No se olvidaba de las buenas letras y se
había llenado los bolsillos con unos libritos encuadernados
en piel, tomados como anticipada herencia de la biblioteca
de su tío, el canónigo Bartholommé Campanus,
que coleccionaba libros. A mediodía, tendido en un prado,
se reía a carcajadas de una chanza latina de Marcial o
también, soñador, mientras escupía melancólicamente
en el agua de un estanque, imaginaba a una dama discreta
y prudente a quien él dedicaría su alma y su vida en
unos sonetos al estilo de Petrarca. Se quedaba medio
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dormido; sus zapatos apuntaban al cielo como torres de
iglesia; las matas altas de avena le parecían una compañía
de lansquenetes con blusones verdes; una amapola se
convertía en una hermosa muchacha con la falda arrugada.
En otros momentos, el joven gigante se casaba con la
tierra. Lo despertaba una mosca, o bien el bordón del
campanario de una aldea. Con el gorro caído sobre la
oreja, unas briznas de paja en sus cabellos amarillos y un
rostro largo y anguloso, todo nariz bermejo por efectos
del sol y del agua fría, Henri-Maximilien caminaba alegremente
hacia la gloria.
Bromeaba con los que pasaban por allí y se informaba
de las noticias. Desde la etapa de La Fère, un peregrino
lo precedía por el camino a una distancia de unas
cien toesas. Iba deprisa. Henri-Maximilien, aburrido por
no tener con quien hablar, apretó el paso.
—Orad por mí en Compostela —dijo el jovial flamenco.
—Habéis acertado: allí voy —contestó el otro.
Volvió la cabeza bajo el capuchón de estameña marrón
y Henri-Maximilien reconoció a Zenón.
Aquel muchacho flaco, de cuello largo, parecía haber
crecido por lo menos la medida de un codo desde la
última aventura que ambos habían corrido en la feria de
otoño. Su hermoso rostro, tan pálido como siempre, parecía
atormentado y en su forma de andar había una especie
de hosca precipitación.
—¡Salud, primo! —dijo alegremente Henri-Maximilien—.
El canónigo Campanus os ha estado esperando
todo el invierno en Brujas; el Rector Magnífico en
Lovaina se arranca las barbas por vuestra ausencia y vos
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reaparecéis así, a la vuelta de un mal camino, como alguien
a quien no quiero nombrar.
—El Abad Mitrado de Saint-Bavon de Gante me ha
encontrado un empleo —dijo Zenón con prudencia—.
¿No es acaso un protector confesable? Pero contadme
más bien por qué andáis haciendo de pordiosero por los
caminos de Francia.
—Puede que tengáis vos algo que ver en ello —respondió
el más joven de los dos viajeros—. He dejado
plantados los negocios de mi padre lo mismo que vos la
Escuela de Teología. Pero ahora que os veo pasar de un
Rector Magnífico a un Abad Mitrado…
—Bromeáis —dijo el clérigo—. Siempre se empieza
por ser el famulus de alguien.
—Antes prefiero llevar el arcabuz —dijo Henri-
Maximilien.
Zenón le echó una mirada de desprecio.
—Vuestro padre es lo bastante rico como para
compraros una compañía de lansquenetes del César
Carlos —dijo—, en el caso en que ambos estéis de acuerdo
en pensar que el oficio de las armas es una ocupación
conveniente para un hombre.
—Los lansquenetes que mi padre podría comprarme
me gustan tan poco como a vos las prebendas
de vuestros abates —replicó Henri-Maximilien—. Y, además,
sólo en Francia puede uno servir bien a las
damas.
La broma cayó en el vacío. El futuro capitán se
detuvo para comprar un puñado de cerezas a un campesino.
Ambos se sentaron a la orilla de un talud para
comer.
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—Heos aquí disfrazado de necio —dijo Henri-Maximilien,
observando con curiosidad los hábitos del peregrino.
—Sí —dijo Zenón—. Pero ya estaba harto de abrevarme
en los libros. Prefiero deletrear algún texto con
vida: mil cifras romanas y árabes; caracteres que tan
pronto corren de izquierda a derecha como los de nuestros
escribas, tan pronto de derecha a izquierda como los
de los manuscritos de Oriente. Tachaduras que son la
peste o la guerra. Rúbricas trazadas con sangre roja. Y en
todas partes signos, y aquí y allá, manchas aún más extrañas
que los signos… ¿Puede haber algún hábito más cómodo
que éste para hacer camino pasando inadvertido?…
Mis pies vagan por el mundo como un insecto
entre las páginas de un salterio.
—Muy bien —dijo distraídamente Henri-Maximilien—.
Mas ¿por qué ir hasta Compostela? No puedo
imaginaros sentado entre frailes gordos y cantando con
la nariz.
—¡Huy! —dijo el peregrino—. ¿Qué me importan
a mí esos gandules y esos becerros? Pero el prior de los
Jacobitas de León es aficionado a la alquimia. Mantenía
correspondencia con el canónigo Bartholommé Campanus,
nuestro buen tío e insípido idiota, que en ocasiones
se aventura, como sin querer, hasta los límites prohibidos.
El abad de Saint-Bavon también le escribió, disponiéndolo
a que me enseñe lo que sabe. Pero tengo que
darme prisa, porque ya es viejo. Temo que pronto olvide
su saber y se muera.
—Os alimentará con cebolla cruda y os hará espumar
su sopa de cobre especiada con azufre. ¡Que os
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aproveche! Yo espero conquistar, con menos trabajo,
mejores pitanzas.
Zenón se levantó sin contestar. Entonces, Henri-
Maximilien dijo, mientras escupía los últimos huesos de
cerezas por el camino:
—La paz se tambalea, hermano Zenón. Los príncipes
se arrancan los países igual que los borrachos se disputan
los platos en la taberna. Aquí, la Provenza, pastel
de miel; allá, el Milanesado, pastel de anguilas. Puede
que de todo esto caiga alguna migaja de gloria que llevarme
a la boca.
—Ineptissima vanitas —repuso con sequedad el joven
clérigo—. ¿Os sigue importando el viento que de
bocas sale?
—Tengo dieciséis años —dijo Henri-Maximilien—.
Dentro de otros quince, ya veremos si por casualidad
me he convertido en un Alejandro. Dentro de
treinta años se sabrá si valgo o no tanto como el difunto
César. ¿Acaso voy a pasarme la vida midiendo paños
en una tienda de la rue aux Laines? La cuestión es ser
un hombre.
—He cumplido veinte años —calculó Zenón—.
Poniéndome en el mejor de los casos, tengo por delante
de mí cincuenta años de estudio antes de que este cráneo
se convierta en calavera. Quedaos con vuestros humos y
vuestros héroes de Plutarco, hermano Henri. En cuanto
a mí, quiero ser más que un hombre.
—Yo voy hacia los Alpes —dijo Henri-Maximilien.
—Yo —dijo Zenón—, hacia los Pirineos,
Ambos callaron. El camino llano, bordeado de álamos,
extendía ante ellos un fragmento del libre universo.
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El aventurero del poder y el aventurero del saber caminaban
uno al lado de otro.
—Mirad bien —continuó Zenón—. Más allá de
aquel pueblo, hay otros pueblos; más allá de aquella abadía,
otras abadías; más allá de esta fortaleza, otras fortalezas.
Y en cada uno de esos castillos de ideas, de esas chozas
de opiniones superpuestas a las chozas de madera y a los
castillos de piedra, la vida aprisiona a los locos y abre un
boquete para que escapen los sabios. Más allá de los Alpes
está Italia. Más allá de los Pirineos, España. Por un lado, el
país de La Mirandola; por el otro, el de Avicena. Y más lejos,
el mar, y más allá del mar, en las otras orillas de la inmensidad,
Arabia, Norea, la India, las dos Américas. Y por
doquier los valles en donde se recogen las plantas medicinales,
las rocas en donde se esconden los metales, que simbolizan
cada momento de la Gran Obra, los grimorios depositados
entre los dientes de los muertos, los dioses que
ofrecen sus promesas, las multitudes en que cada hombre
se cree el centro del universo. ¿Quién puede ser tan insensato
como para morir sin haber dado, por lo menos, una
vuelta a su cárcel? Ya lo veis, hermano Henri, soy en verdad
un peregrino. El camino es largo, pero yo soy joven.
—El mundo es grande —dijo Henri-Maximilien.
—El mundo es grande —aprobó gravemente Zenón—.
Quiera Aquel que acaso Es dilatar el corazón humano
a la medida de toda la vida.
Y de nuevo callaron. Al cabo de un momento, Henri-
Maximilien, dándose un golpe en la cabeza, se echó a
reír.
—Zenón —le dijo—, ¿os acordáis de vuestro compañero
Colas Gheel, el hombre aficionado a las jarras de
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cerveza, hermano vuestro según San Juan? Ha dejado la
fábrica de mi buen padre en donde, por cierto, los obreros
se mueren de hambre y ha regresado a Brujas. Se pasea
por las calles, con un rosario en la mano, mascullando
padrenuestros por el alma de su Thomas, a quien
vuestras máquinas trastornaron el juicio, y os trata de
sostén del Diablo, de Judas y de Anticristo. En cuanto a
su Perrotin, nadie sabe dónde está; Satán se lo habrá llevado.
Una fea mueca deformó el rostro del joven clérigo,
envejeciéndolo.
—Todo eso son patrañas —comentó—. Olvidemos
a esos ignorantes. Sólo son lo que son: carne bruta
que vuestro padre transforma en oro, del que heredaréis
algún día. No me habléis ni de máquinas, ni de
cuellos rotos y yo no os hablaré de yeguas extenuadas,
en fianza del chalán del Dranoutre, ni de mozas embarazadas,
ni de los barriles de vino que desfondasteis el
pasado verano.
Henri-Maximilien, sin contestar, silbaba distraídamente
una canción de aventurero. Ya no hablaron más
que del estado de los caminos y del precio de las posadas.
Se separaron al llegar a la siguiente encrucijada.
Henri-Maximilien escogió el camino real. Zenón tomó
un camino secundario. Bruscamente, el más joven de los
dos volvió sobre sus pasos, alcanzó a su compañero y le
puso la mano en el hombro:
—Hermano —dijo—, ¿os acordáis de Wiwine,
aquella mocita pálida a la que defendíais cuando nosotros,
que éramos unos golfos, le pellizcábamos las posaderas
al salir del colegio? Dice que os ama. Pretende
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hallarse unida a vos por una promesa; estos días de atrás
rechazó los ofrecimientos de un regidor. Su tía la abofeteó,
y la tiene a pan y agua, pero ella resiste. Os esperará,
según dice, si es necesario hasta el fin del mundo.
Zenón se detuvo. Algo indefinible pasó por su mirada
y se perdió en ella, como la humedad de un vapor
en un brasero.
—Tanto peor para ella —dijo—. ¿Qué hay de común
entre esa niña abofeteada y yo? Otro me espera en
otra parte y a él voy.
Y se puso de nuevo en marcha.
—¿Quién os espera? —preguntó Henri-Maximilien
estupefacto—. ¿El prior de León, el desdentado
ése?
Zenón se dio la vuelta:
—Hic Zeno —dijo—. Yo mismo.
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La infancia de Zenón
Veinte años atrás, Zenón había llegado al mundo en
Brujas, en casa de Henri-Juste. Su madre se llamaba Hilzonde,
y su padre, Alberico de’ Numi, era un joven prelado
de un antiguo linaje florentino.
Micer Alberico de’ Numi, con sus largos cabellos y
en pleno ardor de la primera adolescencia, había destacado
en la corte de los Borgia. Entre dos corridas de toros
en la plaza de San Pedro, tuvo el placer de hablar con
Leonardo da Vinci, entonces ingeniero del César, acerca
de caballos y máquinas de guerra. Más tarde, en pleno
esplendor sombrío de sus veintidós años, formó parte
del pequeño número de jóvenes gentileshombres a quienes
la apasionada amistad de Miguel Ángel honraba como
un título. Vivió aventuras que concluyeron con una
puñalada; coleccionó libros antiguos; unas discretas relaciones
con Julia Farnesio no perjudicaron para nada su
fortuna. En Sinigaglia, sus astucias, que contribuyeron a
hacer caer en la trampa en que perecieron a los adversarios
de la Santa Sede, le valieron los favores del papa y de
su hijo; casi le prometieron el obispado de Nerpi, mas la
muerte inesperada del Santo Padre retrasó aquella promoción.
Este desengaño, o tal vez algún amor contrariado
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cuyo secreto no se supo jamás, lo arrojaron de lleno por
un tiempo en la mortificación y el estudio.
Al principio creyóse que era debido a algún ambicioso
subterfugio. No obstante, aquel hombre desenfrenado
se hallaba por completo sumergido en un furioso
ataque de ascetismo. Decían que se había instalado en
Grotta-Ferrata, en la abadía de los monjes griegos de
San Nilo, en medio de una de las más ásperas soledades
del Latium, y que allí preparaba, entre meditación y oraciones,
su traducción latina de la Vida de los Padres del
Desierto; fue precisa una orden expresa de Julio II, que
estimaba su seca inteligencia, para decidirlo a participar,
en calidad de secretario apostólico, en los trabajos de la
Liga de Cambray. Apenas llegado, adquirió en las discusiones
una autoridad mayor que la del mismo legado
pontificio. Los intereses de la Santa Sede en el desmembramiento
de Venecia, en los que no había pensado quizá
ni diez veces en su vida, lo ocupaban ahora por entero.
En los festines que se dieron durante los trabajos de
la Liga, Micer Alberico de’ Numi, envuelto en púrpuras
como un cardenal, puso de relieve su inimitable gallardía
que le había valido el apodo de «Único», que le aplicaban
las cortesanas romanas. Él fue quien, durante una
encarnizada controversia y poniendo su oratoria ciceroniana
al servicio de una asombrosa fogosidad de convicción,
se atrajo la adhesión de los embajadores de Maximiliano.
Después, como una carta de su madre —florentina
apegada al dinero— le recordaba unas deudas que había
que cobrarles a los Adorno de Brujas, decidió recuperar
de inmediato aquellas sumas tan necesarias a su carrera de
príncipe de la Iglesia.
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Se instaló en Brujas, en casa de su agente flamenco
Juste Ligre, quien le ofreció su hospitalidad. Aquel hombre
grueso se volvía loco por todo lo italiano, hasta el
punto de imaginar que una de sus antepasadas, durante
una de esas viudedades temporales que padecen las mujeres
de los mercaderes, debió prestar oído a los discursos
de algún traficante genovés. Micer Alberico de’ Numi
se consoló de que le pagaran con nuevas letras sobre
los Herwart de Augsburgo haciendo que su anfitrión corriera
con todos sus gastos, y no sólo con los suyos, sino
también con los de sus perros, halcones y pajes. La Casa
Ligre, apoyada en sus almacenes, era de una opulencia
principesca; se comía bien y se bebía aún mejor; y aunque
Henri-Juste no leyera más que los registros de su
pañería, presumía de tener buenos libros.
A menudo corría por montes y valles, viajaba a
Tournai o a Malinas, en donde prestaba fondos a la Regente,
o también a Amberes en donde acababa de asociarse
con el aventurero Lambrecht von Rechterghem
para comerciar con pimienta y otros lujos de ultramar, y
a Lyon, adonde iba con frecuencia para regular en persona
sus transacciones bancarias en la feria de Todos los
Santos. Mientras estaba ausente, confiaba el gobierno de
la casa a su hermana menor Hilzonde.
Micer Alberico de’ Numi se enamoró en seguida de
aquella muchachita de senos pequeños y rostro afilado,
ataviada con tiesos terciopelos brocados que parecían
sostenerla de pie y adornada, los días de fiesta, con joyas
que le hubiera envidiado una emperatriz. Unos párpados
nacarados, casi de color de rosa, engarzaban sus pálidos
ojos grises; su boca un poco abultada parecía estar siempre
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dispuesta a exhalar un suspiro, o la primera palabra de
una oración o de un canto. Y tal vez inspiraba el deseo
de desvestirla sólo porque era difícil imaginarla desnuda.
En una noche de nieve, que hacía soñar con camas
bien calientes en habitaciones bien cerradas, una criada
sobornada introdujo a Micer Alberico en el baño en
donde Hilzonde frotaba con salvado sus largos cabellos
crespos que la vestían a modo de un manto. La niña se
tapó la cara, pero entregó sin lucha a los ojos, a los labios,
a las manos del amante, su cuerpo limpio y blanco
como una almendra mondada. Aquella noche, el joven
florentino bebió en la fuente sellada, domesticó a las
dos cabritillas gemelas, enseñó a aquella boca los juegos
y exquisiteces del amor. Al llegar el alba, una Hilzonde
al fin conquistada se abandonó por entero y, por la mañana,
rascando con las uñas el cristal blanco de escarcha,
grabó en él, con una sortija de diamantes, sus iniciales
entrelazadas con las de su amado, dejando así
constancia de su felicidad en aquella sustancia fina y
transparente, frágil, es cierto, pero apenas más que la
carne y el corazón.
Sus delicias se acrecentaron con todos los placeres
que ofrecían el tiempo y el lugar: músicas cultas que Hilzonde
tocaba en el pequeño órgano hidráulico que le había
regalado su hermano, vinos fuertemente especiados,
habitaciones cálidas, paseos en barca por los canales aún
azules del deshielo, o cabalgatas de mayo por los campos
en flor. Micer Alberico pasó buenas horas, más dulces
tal vez que las que Hilzonde le concedía, buscando
en los tranquilos monasterios neerlandeses los manuscritos
antiguos olvidados; los eruditos italianos a los que
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comunicaba sus hallazgos creían ver reflorecer en él al
genio del gran Marsilio. Por las noches, sentados delante
del fuego, el amante y la amiga contemplaban juntos
una amatista grande importada de Italia, en la que se
veían unos Sátiros abrazando a unas Ninfas y el florentino
enseñaba a Hilzonde las palabras de su tierra que designan
las cosas del amor. Compuso para ella una balada
en lengua toscana; los versos que dedicaba a aquella hija
de mercaderes hubieran podido convenir a la Sulamita
del Cantar de los Cantares.
Pasó la primavera y llegó el verano. Un buen día,
una carta de su primo Juan de Médicis, en parte cifrada,
en parte redactada en ese tono de broma con que Juan
aderezaba las cosas —la política, la erudición y el
amor—, aportó a Micer Alberico todos esos detalles de
las intrigas curiales y romanas de las que su estancia en
Flandes le privaba. Julio II no era inmortal. Pese a los
necios y a los estipendiados ya vendidos al rico mentecato
de Riario, el sutil Médicis preparaba desde hacía tiempo
su elección para el próximo cónclave. Micer Alberico
no ignoraba que las entrevistas que había tenido con los
hombres de negocios del Emperador no habían bastado
para disculpar, a los ojos del presente Pontífice, la indebida
prolongación de su ausencia. Su carrera dependía
en lo sucesivo de aquel primo tan «papable». Habían jugado
juntos en las terrazas de Careggi; Juan, más tarde,
lo había introducido en su exquisita camarilla de letrados
un poco bufones y un algo encubridores; Micer Alberico
se vanagloriaba de ejercer una gran influencia sobre
aquel hombre fino, pero de una blandura mujeril. Le
ayudaría a alcanzar la silla de San Pedro. Se convertiría,
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aunque en segundo lugar y mientras esperaba algo mejor,
en el ordenador de su reino. Tardó una hora en organizar
su partida.
Acaso no tuviera alma. Tal vez sus repentinos ardores
no fueran más que el desbordamiento de una fuerza
corporal increíble; quizá, magnífico actor, ensayaba sin
cesar una forma nueva de sentir; o más bien no había en
él más que una sucesión de actitudes violentas y soberbias,
pero arbitrarias, como las que adoptan las figuras
de Buonarotti en las bóvedas de la Capilla Sixtina. Luca,
Urbino, Ferrara, peones en el juego de ajedrez de su familia,
le hicieron olvidar los paisajes de verdes llanuras
rebosantes de agua en donde, por un momento, había
consentido vivir. Amontonó en sus baúles los fragmentos
de manuscritos antiguos y los borradores de sus poemas
de amor. Calzadas botas y espuelas, con sus guantes
de cuero y el sombrero de fieltro, parecía más que nunca
un caballero y menos que nunca un hombre de Iglesia.
Subió a los aposentos de Hilzonde para decirle que se
marchaba.
Estaba embarazada. Lo sabía. No se lo dijo. Demasiado
llena de ternura para constituirse en obstáculo de
sus miras ambiciosas, era asimismo demasiado orgullosa
para prevalerse de una confesión que su estrecha cintura
y su vientre plano no confirmaban todavía. Le hubiera
disgustado ser acusada de embustera y tal vez aún más
sentirse importuna. Pero unos meses más tarde, tras haber
traído al mundo un hijo varón, no se creyó con derecho
a dejar que Micer Alberico de’ Numi ignorase el nacimiento
de su hijo. Apenas sabía escribir; tardó horas en
componer una carta, borrando con el dedo las palabras
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inútiles. Cuando por fin acabó su misiva, la entregó a un
comerciante genovés en el que confiaba y que salía para
Roma. Micer Alberico no respondió jamás. Aunque el
genovés le aseguró, más tarde, que él mismo había entregado
el mensaje, Hilzonde prefirió creer que el hombre
a quien había amado no lo recibió nunca.
Sus breves amores, seguidos de tan brusco abandono,
habían saturado a la joven de delicias y desganas;
cansada de su carne y del fruto de ésta, hacía extensiva al
hijo la reprobación que sentía hacia sí misma. Inerte en
su cama de recién parida, contempló con indiferencia
cómo las criadas vestían a aquella masa pequeña y morena,
a la luz del rescoldo de la chimenea. Tener un hijo
bastardo era un accidente corriente y Henri-Juste hubiera
podido negociar para su hermana algún ventajoso matrimonio,
mas el recuerdo del hombre al que ya no amaba
bastaba para apartar a Hilzonde del pesado burgués a
quien el sacramento colocaría a su lado, debajo de su
edredón y encima de su almohada. Arrastraba sin placer
los espléndidos vestidos que su hermano mandaba confeccionar
para ella con las telas más costosas; pero, por
rencor hacia sí misma más que por remordimiento, se
privaba de vino, de platos refinados, de buen fuego y,
con frecuencia, de ropa blanca. Asistía puntualmente a
los oficios de la Iglesia; no obstante, por las noches, después
de cenar, cuando alguno de los convidados de
Henry-Juste denunciaba las orgías y exacciones romanas,
ella dejaba su labor de encaje, para escuchar mejor,
rompiendo a veces maquinalmente el hilo que luego volvía
a anudar en silencio. Luego, los hombres se lamentaban
de que el puerto se estuviera cegando con la arena,
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lo que vaciaba a Brujas en beneficio de otras ciudades
más accesibles a los barcos; se burlaban del ingeniero
Lancelot Blondel que pretendía, mediante canales y fosos,
salvar al puerto de la gravilla. Otras veces, circulaban
toscas chanzas: alguien soltaba el cuento, veinte veces
repetido, de la amante ávida, del marido burlado, del
seductor escondido en un tonel o de unos comerciantes
trapaceros que se timaban el uno al otro. Hilzonde pasaba
a la cocina para vigilar al servicio; al pasar, le echaba
una mirada a su hijo que mamaba glotonamente del pecho
de una nodriza.
Una mañana, al regresar de uno de sus viajes,
Henri-Juste le presentó a un nuevo huésped. Era un
hombre de barba gris, tan sencillo y tan serio que al mirarlo
recordaba al viento salubre sobre un mar sin sol.
Simon Adriansen temía a Dios. La vejez, que se le iba
echando encima, y una riqueza honradamente adquirida,
según decían, daban a este mercader de Zelanda una
dignidad de patriarca. Era dos veces viudo: dos fecundas
amas de casa habían ocupado sucesivamente su morada
y su lecho antes de ir a descansar, una al lado de la
otra, en el sepulcro familiar, en las paredes de una iglesia
de Middelbourg; sus hijos también habían hecho
fortuna. Simon era de esos hombres a quienes el deseo
inculca una solicitud paternal hacia las mujeres. Al ver
que Hilzonde estaba triste, se acostumbró a sentarse a
su lado.
Henri-Juste le estaba muy agradecido. Gracias al
crédito de aquel hombre, había conseguido atravesar
28
rachas difíciles; respetaba a Simon hasta el punto de
contener sus ansias de beber en su presencia. Pero la
tentación del vino era grande. Y éste lo convertía en locuaz.
No tardó mucho tiempo en revelarle a su huésped
los infortunios de Hilzonde.
Una mañana de invierno en que ella estaba trabajando
en la sala, junto a la ventana, Simon Adriansen se
le acercó y le dijo solemnemente:
—Algún día, Dios borrará del corazón de los hombres
todas las leyes que no sean de amor.
Ella no le entendió y él prosiguió:
—Algún día, Dios no aceptará más bautismo que el
del Espíritu, ni más sacramento de matrimonio que
aquel que consuman tiernamente dos cuerpos.
Hilzonde entonces se puso a temblar. Mas aquel
hombre severamente dulce empezó a hablarle del aliento
de nueva sinceridad que soplaba sobre el mundo, de la
mentira de toda ley que complica la obra de Dios, de
la cercanía de unos tiempos en que la sencillez de amar
sería igual a la sencillez de creer. En su lenguaje, lleno de
imágenes, como las hojas de una Biblia, las parábolas se
entremezclaban con el recuerdo de los Santos que, según
decía él, habían hecho fracasar a la tiranía romana.
Hablando con voz apenas más baja, pero no sin echar
una ojeada para asegurarse de que las puertas estaban cerradas,
confesó que aún dudaba en hacer públicamente
acto de fe anabaptista, pero que había repudiado en secreto
las pompas caducas, los vanos ritos y los sacramentos
engañosos. De creer sus palabras, los Justos, víctimas
y privilegiados, formaban de época en época una pequeña
banda indemne de los crímenes y locuras del mundo;
29
el pecado sólo residía en el error; para los corazones castos,
la carne era pura.
Después le habló de su hijo. El hijo de Hilzonde,
concebido fuera de las leyes de la Iglesia, y contra ellas,
le parecía más indicado que ningún otro para recibir y
transmitir algún día la buena nueva de los Simples y de
los Santos. El amor de la virgen tempranamente seducida
por el apuesto demonio italiano con rostro de arcángel,
se convertía para Simon en una alegoría misteriosa:
Roma era la prostituta de Babilonia a quien la inocente
fue sacrificada con bajeza. En ocasiones, una crédula
sonrisa de visionario pasaba por aquella faz ancha y firme,
y, por su voz tranquila, la entonación demasiado perentoria
del que desea convencerse y, con frecuencia, engañarse
a sí mismo. Pero Hilzonde sólo era sensible a la
tranquila bondad del extranjero. Mientras que todos
aquellos que la rodeaban no habían mostrado hacia ella
más que burla, compasión o indulgencia tosca y bonachona,
Simon decía, al hablar del hombre que la había
abandonado, «vuestro esposo».
Y recordaba gravemente que toda unión es indisoluble
ante Dios. Hilzonde se sosegaba escuchándolo. Seguía
estando triste, pero volvió a ser orgullosa. La casa
de los Ligre, a la que el orgullo de su comercio marítimo
había puesto por blasón un navio, le era tan familiar a Simon
como su propia casa. El amigo de Hilzonde volvía
todos los años; ella lo esperaba y, cogidos de la mano,
hablaban de la iglesia en espíritu que habría de reemplazar
algún día a la Iglesia de Roma.
30
Una tarde de otoño, unos mercaderes italianos les
trajeron nuevas noticias. Micer Alberico de’ Numi,
nombrado cardenal a los treinta años, había sido asesinado
en Roma durante una orgía, en la viña de los Farnesio.
Los pasquines de moda acusaban de aquel asesinato
al cardenal Julio de Médicis, descontento de la influencia
que su pariente iba adquiriendo en el ánimo del Santo
Padre.
Simon escuchó con desdén estos vagos rumores
procedentes de la sentina romana. Pero una semana más
tarde, un informe recibido por Henri-Juste confirmó
aquellas habladurías. La aparente tranquilidad de Hilzonde
no permitía conjeturar si, en el fondo, ella se alegraba
o lloraba.
—Ya sois viuda —dijo inmediatamente Simon
Adriansen con ese tono de tierna solemnidad que con
ella empleaba.
En contra de los pronósticos de Henri-Juste, partió
al día siguiente.
Seis meses más tarde, en la fecha acostumbrada,
volvió y se la pidió a su hermano.
Henri-Juste lo hizo pasar a la sala en donde trabajaba
Hilzonde. Se sentó a su lado y le dijo:
—Dios no nos ha dado el derecho de hacer sufrir a
sus criaturas.
Hilzonde dejó de hacer encaje. Sus manos permanecían
extendidas sobre la trama y sus largos dedos temblaban
sobre el follaje inacabado, que recordaba los entrelazados
del porvenir. Simon continuó:
—¿Cómo iba a otorgarnos Dios el derecho de hacernos
sufrir?
31
La hermosa levantó hacia él su cara de niña enferma.
Él prosiguió:
—No sois feliz en esta casa llena de risas. Mi casa
está llena de un gran silencio. Venid.
Ella aceptó.
Henri-Juste se frotaba las manos. Jacqueline, su
querida mujer, con la que se había casado poco después
de los sinsabores de Hilzonde, se quejaba ruidosamente
de ser la última en la familia, de verse postergada por
una ramera y un bastardo de sacerdote, y el suegro, rico
negociante de Tournail llamado Jean Bell, pretextaba todas
aquellas quejas para retrasar el pago de la dote. Y, en
efecto, aunque Hilzonde se ocupara poco de su hijo, el
menor sonajero que regalaban al niño engendrado en sábanas
ilegítimas encendía la guerra entre las dos mujeres.
La rubia Jacqueline podría, en lo sucesivo, arruinarse
cuanto quisiera comprando gorritos y baberos bordados,
y dejando, en los días de fiesta, que su rollizo Henri-Maximilien
se arrastrara por encima del mantel y metiera los
pies en los platos.
Pese a su repulsión por las ceremonias de la Iglesia,
Simon consintió en que las bodas se celebraran con cierto
boato, puesto que tal era, de manera inesperada, el
deseo de Hilzonde. Mas por la noche, secretamente,
cuando ya los esposos se hubieron retirado a la cámara
nupcial, readministró a su manera el sacramento rompiendo
el pan y bebiendo el vino con su elegida. Hilzonde
revivía al contacto de aquel hombre, como una barca
encallada a la que arrastra la marea creciente. Saboreaba
sin vergüenza el misterio de los placeres permitidos y la
manera que tenía el anciano, inclinado por encima de su
32
hombro, de acariciarle los senos, como si hacer el amor
fuera una manera de bendecir.
Simon Adriansen quiso encargarse de Zenón. El niño,
empujado por Hilzonde hacia aquel rostro barbudo
y arrugado, en el que una verruga temblaba sobre el labio,
gritó, se debatió, se escapó arisco de entre las manos
maternales y de sus sortijas, que le arañaban los dedos.
Huyó y no lo encontraron hasta por la noche, escondido
en el amasadero que había al fondo del jardín, dispuesto
a morder al criado que lo sacó riendo de detrás de un
montón de troncos de leña. Simon, desesperado de poder
domesticar a aquel lobezno, tuvo que resignarse a
dejarlo en Flandes. Además, estaba claro que la presencia
del niño aumentaba la tristeza de Hilzonde.
Zenón creció para la Iglesia. Ser clérigo era, para
un bastardo, el medio más seguro de vivir acomodadamente
y de acceder a unos puestos honoríficos. Además,
el ansia de saber que, desde muy pequeño, poseyó a Zenón,
los gastos de tinta y velas consumidas hasta el alba,
sólo le parecían tolerables a su tío en caso de tratarse de
un aprendiz de sacerdote. Henri-Juste confió al principiante
a su cuñado, Bartholommé Campanus, canónigo
de Saint-Donatien, en Brujas. Este sabio, consumido
por la oración y el estudio de las letras, era tan dulce que
parecía ya viejo. Enseñó a su alumno el latín, lo poco
que él sabía de griego y algo de alquimia, y entretuvo la
curiosidad que el estudiante sentía por las ciencias con
ayuda de la Historia natural de Plinio. El frío gabinete del
canónigo era un refugio a donde el muchacho escapaba
33
de las voces de los corredores que discutían el valor de
los paños de Inglaterra, de la insípida sensatez de Henri-
Juste y de las caricias de las camareras ávidas de fruta
verde. Allí se liberaba de la servidumbre y de la pobreza
de la infancia; aquellos libros y aquel maestro lo trataban
como a un hombre. Le gustaba la habitación tapizada de
volúmenes, la pluma de ganso, el tintero de asta, herramientas
de un conocimiento nuevo, y el enriquecimiento
que supone aprender que el rubí procede de la India,
que el azufre casa con el mercurio, y que la flor que en
latín se llama lilium se llama en griego krinon y en hebreo
susannah. Se dio cuenta en seguida de que los libros
divagan y mienten, igual que los hombres, y de que
las prolijas explicaciones del canónigo se referían a menudo
a unos hechos que, por no existir, no necesitaban
ser explicados.
Sus amistades eran inquietantes: sus compañeros
favoritos, por aquel entonces, eran el barbero Jean
Myers, hombre hábil y sin igual para sangrar o extraer
los cálculos, pero de quien se sospechaba que hacía la disección
de los muertos, y un tejedor llamado Colas Gheel,
pícaro y parlanchín, con el que pasaba muchas horas
—que hubieran sido mejor empleadas en el estudio y la
oración— combinando poleas y manivelas. Aquel hombre
gordo, a un tiempo vivo y pesado, que gastaba sin
contar el dinero que no tenía, se las daba de príncipe a
los ojos de sus aprendices a quienes pagaba sus gastos los
días de «Kermesse». Aquella sólida masa de músculos,
de crines rojizas y de piel rubia albergaba uno de
esos espíritus quiméricos y sagaces al mismo tiempo,
cuya constante preocupación consiste en afilar, ajustar,
34
simplificar o complicar algo. Todos los años, alguno de
los talleres de la ciudad cerraba. Henri-Juste, que se jactaba
de conservar abiertos los suyos por caridad cristiana,
se aprovechaba del paro para roer periódicamente los
salarios. Sus obreros amedrentados, considerándose felices
por tener un empleo y una campana que los llamaba
al trabajo todos los días, vivían con el miedo producido
por vagos rumores de cierre y hablaban lastimeramente
de que pronto engrosarían las filas de los mendigos que,
por aquellos tiempos de carestía, asustaban a los burgueses
y merodeaban por los caminos. Colas soñaba con aliviar
sus trabajos y sus penas gracias a unos telares mecánicos,
como los que se estaban probando en gran secreto
en Ypres, en Gante y en Lyon, en Francia. Había visto
unos dibujos que enseñó a Zenón. El estudiante modificó
números, se entusiasmó con los diseños, hizo que el
entusiasmo de Colas por las nuevas máquinas se convirtiera
en manía compartida. De hinojos ambos, inclinados
uno junto al otro sobre un montón de chatarra, no se
cansaban jamás de ayudarse a colgar un contrapeso, ajustar
una palanca, subir y desmontar unas ruedas que se
engranaban unas con otras. Discutían sin fin en torno al
emplazamiento de un tornillo o el engrasado de una cadena
corrediza. El talento de Zenón sobrepasaba con
mucho al del lento cerebro de Colas Gheel, pero las manos
gruesas del artesano eran de una destreza que maravillaba
al alumno del canónigo, quien, por primera vez,
experimentaba con algo que no fueran los libros.
—Prachtig werk, mijn zoon, prachtig werk —decía
con pesadez el encargado del taller, rodeando el cuello
del estudiante con su robusto brazo.
35
Por la noche, después de estudiar, Zenón se reunía
con su compadre, arrojando un puñado de piedrecitas
contra los cristales de la taberna en donde el encargado
del taller solía detenerse más de lo debido. O bien, casi a
escondidas, se deslizaba hasta el rincón del almacén desierto
en donde vivía Colas con sus máquinas. La estancia,
muy grande, estaba oscura; por miedo a prender
fuego, la vela ardía en medio de un barreño de agua colocado
encima de una mesa, como un faro pequeño en
medio de un mar minúsculo. El aprendiz Thomas de
Dixmude, que servía de factotum al encargado del taller,
saltaba como un gato, por juego, sobre el armazón bamboleante
y caminaba, en la noche negra de los desvanes,
columpiando en las manos un farol o una jarra de cerveza.
Colas Gheel lanzaba entonces una risotada. Sentado
encima de una tabla, girando los ojos, escuchaba las divagaciones
de Zenón que galopaba de los átomos de
Epicuro a la duplicación del cubo, y de la naturaleza del
oro a la estupidez de las pruebas de la existencia de Dios.
Un silbidito de admiración se le escapaba de entre los labios.
El estudiante encontraba en aquellos hombres con
casaca de cuero lo que los hijos de los señores encuentran
en los palafraneros y los criados encargados de las
perreras: un mundo más rudo y más libre que el suyo,
pues se mueven en una esfera más baja, lejos de los silogismos
y de los preceptos, con la alternancia tranquilizadora
de trabajos toscos y perezas fáciles, el olor y el calor
humanos, un lenguaje hecho de exabruptos, de alusiones
y de proverbios, tan misterioso como la jerga de los
«compagnons», y una actividad que no consiste en encorvarse
sobre un libro, con la pluma en la mano.
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El estudiante pretendía sacar de la botica y del taller
algo con que atacar o confirmar los asertos de la escuela:
Platón por una parte, Aristóteles por otra, eran
tratados ambos como simples mercaderes cuyos pesos se
comprueban. Tito-Livio no era más que un charlatán;
César, por muy sublime que fuera, había muerto. De los
héroes de Plutarco, cuya médula había alimentado al canónigo
Bartholommé Campanus junto con la leche de
los Evangelios, el muchacho no retenía más que una cosa,
y es que la audacia del espíritu y de la carne los había
llevado tan lejos y tan alto como la continencia y el ayuno
que conduce, según se dice, a los buenos cristianos al
cielo. Para el canónigo, la sabiduría sagrada y su profana
hermana se sostenían una a otra: el día en que oyó cómo
Zenón se burlaba de las piadosas ensoñaciones del Sueño
de Escipión, comprendió que su alumno había renunciado
en secreto a los consuelos de Cristo.
No obstante, Zenón se inscribió en la escuela de
Teología, en Lovaina. Su entusiasmo sorprendió; el recién
llegado, capaz de defender en el acto cualquier tesis,
adquirió entre sus condiscípulos un prestigio extraordinario.
La vida de los bachilleres era fácil y alegre; lo convidaron
a varios festines en los que él sólo bebía agua
clara; y las muchachas del burdel no le gustaron más que
a un paladar delicado un plato de carnes podridas. Todas
estaban de acuerdo en encontrarlo apuesto, pero su voz
cortante les daba miedo. El fuego de sus pupilas sombrías
fascinaba y desagradaba al mismo tiempo. Corrieron
sobre su nacimiento rumores extravagantes, que no
refutó. Los adeptos de Nicolas Flamel pronto reconocieron
en el friolero estudiante, siempre sentado leyendo
37
al lado de la chimenea, las señales de una preocupación
alquímica: un círculo reducido de mentes más indagadoras
e inquietas que las demás abrió sus filas para acogerlo.
Antes de acabar sus estudios, miraba ya despectivamente
a los doctores con trajes de pieles, inclinados en el
refectorio sobre un plato lleno, muy satisfechos de su
tosco y pesado saber, y a los estudiantes rústicos y ruidosos,
decididos a no aprender más de lo necesario para cazar
una sinecura, pobres diablos cuya fermentación de
espíritu no era más que un brote de sangre que desaparecería
con la juventud. Poco a poco, este desdén se hizo
extensivo a sus amigos cabalistas, espíritus huecos hinchados
de viento, atiborrados de palabras que no entendían
y que regurgitaban en fórmulas. Comprobaba con
amargura que ninguna de aquellas personas, con quienes
había contado en un principio, iban más lejos que él y ni
siquiera lograban alcanzarlo.
Zenón se alojaba en lo más alto de una casa dirigida
por un sacerdote; un cartel, colgado de la escalera, ordenaba
a los pensionistas que se reunieran para el oficio de
Completas y les prohibía, so pena de multa, introducir
allí a prostitutas o hacer sus necesidades fuera de las letrinas.
Pero ni los olores, ni el hollín del hogar, ni la
agria voz de la criada, ni las paredes acribilladas de chanzas
en latín y dibujos obscenos de sus predecesores, ni las
moscas pegadas en los pergaminos, distraían de sus pensamientos
a aquella mente para la cual cada objeto en el
mundo era un fenómeno o un signo. En aquella buhardilla,
el bachiller tuvo esas dudas, esas tentaciones, esos
triunfos y esas derrotas, esos llantos de rabia y esas alegrías
de juventud que la edad madura ignora o desprecia
38
y de las que él mismo no conservó después sino un recuerdo
manchado de olvido. Inclinado preferentemente
hacia las pasiones de los sentidos que más se alejan de las
que sienten o confiesan la mayoría de los hombres, pasiones
que obligan al secreto, a menudo a la mentira y en
ocasiones al desafío, aquel David en lucha con el Goliath
escolástico creyó hallar a su Jonathan en un condiscípulo
indolente y rubio, que pronto se apartó, abandonando
al tiránico compañero en favor de otros compadres más
entendidos en vinos y en dados. Nada se supo de aquellas
relaciones íntimas y subterráneas, que fueron todo
contacto y presencia, ocultas como las entrañas y la sangre;
su fracaso no tuvo otro efecto que el de sumergir a
Zenón todavía más en el estudio. Rubia era también la
bordadora Jeannette Fauconnier, moza caprichosa y
atrevida como un paje, que acostumbraba a llevarse tras
de sí a toda una recua de estudiantes, y a quien el clérigo
hizo, durante toda una noche, una corte de burlas e insultos.
Al vanagloriarse Zenón de obtener, si quisiera, los
favores de aquella muchacha en menos tiempo del necesario
para galopar del Mercado a la Iglesia de San Pedro,
se inició una riña que acabó en batalla campal, y la hermosa
Jeannette, empeñada en mostrarse generosa, concedió
a su ofensor herido un beso de sus labios, que en la
jerga de la época llamaban los pórticos del alma. Hacia
la Navidad, por fin, y cuando ya Zenón no conservaba
más recuerdo de aquella aventura que una cuchillada en
la cara, la engatusadora se introdujo en su casa en una
noche de luna, subió la escalera chirriante procurando
no hacer ruido y se metió en su cama. Zenón quedó sorprendido
ante aquel cuerpo serpentino y liso, hábil para
39
conducir el juego, ante aquel pecho de paloma arrullando
en voz baja, ante sus risas ahogadas justo a tiempo para
no despertar a la mujer que dormía en la buhardilla de
al lado. Sintió esa alegría con mezcla de temor que suele
experimentar el nadador al sumergirse en un agua refrescante
y poco segura. Durante unos cuantos días, se le
vio pasear insolente al lado de aquella perdida, desafiando
los fastidiosos sermones del Rector; parecía haberle
entrado apetito por aquella sirena socarrona y escurridiza.
No obstante, menos de una semana después, se hallaba
de nuevo enfrascado por entero en sus libros. Lo criticaron
por abandonar tan pronto a la muchacha por
quien, con tanta despreocupación, había comprometido
durante toda una temporada los honores del cum laude; y
su relativo desdén por las mujeres provocó la sospecha
de que mantenía comercio con los espíritus súcubos.
40
Ocio veraniego
Aquel verano, un poco antes de agosto, Zenón marchó
como todos los años a saturarse de verdor en la casa
de campo del banquero. Esta vez no fue, como en otras
ocasiones, a la tierra que Henri-Juste poseía desde siempre
en Kuypen, en la comarca de Brujas: el hombre de
negocios había adquirido la propiedad de Dranoutre,
entre Audenarde y Tournai, así como la antigua casa señorial
que en ella se encontraba, restaurada tras la partida
de los franceses. Había renovado aquella mansión en
un estilo más de moda, con plintos y cariátides de piedra.
El grueso Ligre se lanzaba, cada vez con mayor frecuencia,
a comprar fincas rústicas, que acreditan casi arrogantemente
la riqueza de un hombre, y hacen de él, en
caso de peligro, un burgués perteneciente a más de una
ciudad. En Tournaisis, redondeaba palmo a palmo las
tierras de su mujer Jacqueline; cerca de Amberes, acababa
de comprar la propiedad de Gallifort, anejo espléndido
a su comercio de la plaza de Saint-Jacques en donde
operaba ya, en compañía de Lazarus Tucher. Gran Tesorero
de Flandes, propietario de una refinería de azúcar
en Maestricht y de otra en las Canarias, recaudador
de impuestos en la aduana de Zelanda, propietario del
41
monopolio de alumbre para las regiones bálticas, garante
por un tercio, junto con los Fugger, de las rentas de la
Orden de Calatrava, Henri-Juste se codeaba cada vez
con más frecuencia con los poderosos de este mundo: la
Regente de Malinas lo ponía en un pedestal; el señor de
Croy, que le debía trece mil florines, había consentido
recientemente en apadrinar al hijo recién nacido del
mercader, y ya se había fijado la fecha, de acuerdo con
Su Excelencia, para celebrar en su morada de Roeulx la
fiesta del bautizo. Aldegonde y Constance, las dos hijas
aún muy jovencitas del gran hombre de negocios, llevaban
ya cola en sus vestidos.
Su pañería de Brujas no representaba, para Henri-
Juste, más que una empresa caduca, que se veía obligada
a soportar la competencia de sus propias importaciones
de brocados de Lyon y de terciopelos de Alemania. Acababa
de instalar, en los alrededores de Dranoutre, en el
corazón de la tierra llana, unos talleres rurales, en donde
ya no le importunaban con los impuestos municipales de
Brujas. Se estaban montando allí, por orden suya, unos
veinte telares mecánicos fabricados el pasado verano por
Colas Gheel, siguiendo los dibujos de Zenón. Al mercader
se le había antojado probar con aquellos obreros
de madera y metal, que no bebían ni vociferaban y diez de
los cuales hacían el trabajo de cuarenta sin pretextar que
subían los víveres para pedir aumento de paga.
En un día fresco, que ya olía a otoño, Zenón se dirigió
a pie a dichos talleres de Oudenove. Montones de
obreros parados, en busca de trabajo, invadían la comarca;
apenas diez leguas separaban Oudenove de los esplendores
pomposos de Dranoutre, pero la distancia
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hubiera podido ser la que existe entre el cielo y el infierno.
Henri-Juste había cobijado a un grupito de artesanos
y de encargados de taller, de los que antes tenía en Brujas,
en un viejo edificio, acondicionado de cualquier manera,
a la entrada del pueblo. Aquel albergue tenía mucho
de tugurio. Zenón vislumbró a Colas Gheel, borracho
aquella mañana, y cuyos platos lavaba un pálido y taciturno
aprendiz llamado Perrotin, al mismo tiempo que
vigilaba el fuego. Thomas, que se había casado hacía poco
tiempo con una muchacha de aquellas tierras, se pavoneaba
por la plaza, enfundado en una casaquilla de
seda roja que había estrenado el día de su boda. Un
hombrecillo enjuto y espabilado llamado Thierry Loon,
y que de devanador había ascendido súbitamente a jefe
de taller, mostró a Zenón las máquinas que al fin habían
montado, y a las que los obreros habían tomado ojeriza,
tras haber fundado en ellas la extravagante esperanza de
ganar más y trabajar menos. Empero, otros problemas
preocupaban ahora al clérigo; aquellos armazones y contrapesos
ya no le interesaban. Thierry Loon hablaba de
Henri-Juste con obsequiosa reverencia, pero le echaba a
Zenón una mirada esquinada, deplorando la insuficiencia
de víveres, los chamizos de madera y de cascote que a
toda prisa habían construido los administradores del
mercader, las horas de trabajo, que eran más que en Brujas,
al no regirse por la campana municipal. El hombrecillo
echaba de menos los tiempos en que los artesanos,
sólidamente anclados en sus privilegios, retorcían el
cuello a los obreros libres y hacían frente a los príncipes.
Las novedades no lo asustaban: apreciaba lo ingenioso
de aquella especie de jaulas en donde cada obrero
43
gobernaba simultáneamente, con manos y pies, dos palancas
y dos pedales; pero aquella cadencia demasiado
rápida agotaba a los hombres, y los mandos complicados
requerían más cuidado y atención de los que poseen los
dedos y las cabezas duras de los artesanos. Zenón sugirió
unos ajustes, pero el nuevo jefe de taller no pareció hacerle
caso. Aquel Thierry, seguramente, no pensaba más
que en deshacerse de Colas Gheel: se encogía de hombros
al mencionar a aquel blandengue, al emborronador
cuyas elucubraciones mecánicas no tendrían, finalmente,
más efecto que el de arrebatarle el trabajo a los hombres
y hacer que el paro empeorase, al beato a quien de repente
le había dado por la devoción, contrayéndola como
si fuera la tina. Desde que ya no disponía de las comodidades
y amenidades de Brujas, el borracho, después de
beber, adoptaba el tono contrito de un predicador en la
plaza pública. Todas aquellas gentes pendencieras e ignorantes
repugnaron al clérigo; comparados con ellos,
los doctores forrados de armiño y saturados de lógica
cobraban algún peso.
Poca consideración le valieron a Zenón sus talentos
mecánicos en el seno de su familia, que lo despreciaba
por su indigencia de bastardo y al mismo tiempo lo respetaba
hasta cierto punto por su futuro estado de sacerdote.
A la hora de cenar en el comedor, el clérigo escuchaba
proferir a Henri-Juste pomposos dichos sobre la
conducta que debe adoptarse en la vida: siempre hablaba
de evitar a las doncellas, por miedo a algún embarazo; a
las mujeres casadas, por miedo al puñal, y a las viudas
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porque lo devoran a uno. Había que cultivar las rentas
y rezarle a Dios. El canónigo Bartholommé Campanus,
acostumbrado a no exigir de las almas más de lo poco
que podían dar, no desaprobaba aquella tosca cordura.
Aquel día, los segadores habían visto a una bruja meando
maliciosamente en un campo, para conjurar la lluvia sobre
el trigo ya casi podrido por insólitos chaparrones. La
habían arrojado al fuego sin más proceso. Se mofaban de
aquella sibila que creía tener poderes sobre el agua y no
había podido resguardarse de las brasas. El canónigo explicaba
que el hombre, al infligir a los malvados el suplicio
del fuego que sólo dura un momento, no hacía sino
regirse por la conducta de Dios, que los condena al mismo
suplicio, pero eterno. Aquellas palabras no interrumpían
la copiosa colación de la noche; Jacqueline,
acalorada por el verano, gratificaba a Zenón con sus carantoñas
de mujer honesta. La gruesa flamenca, embellecida
por su parto reciente, orgullosa de su tez y de sus
manos blancas, conservaba una exuberancia de peonía.
El sacerdote no parecía darse cuenta ni del corpiño entreabierto,
ni de los mechones rubios que rozaban la nuca
del joven clérigo, inclinado sobre la página de un libro
antes de que trajeran las lámparas, ni del sobresalto de
cólera del estudiante que despreciaba a las mujeres. En
cada persona perteneciente al sexo femenino, Bartholommé
Campanus veía a María y a Eva a un tiempo, a la
que derrama, para salvación del mundo, su leche y sus
lágrimas, y a la que se abandona a la serpiente. Bajaba los
ojos sin juzgar.
Zenón salía, caminando con paso ligero. La terraza
rasa, con sus árboles recién plantados y sus pomposas
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rocallas, pronto dejaba lugar a los prados y tierras de sabor.
Una aldea de casas con tejados achaparrados se
ocultaba bajo el cabrilleo de los almiares. Mas ya había
pasado el tiempo en que Zenón podía tumbarse cerca de
las hogueras de San Juan, al lado de los campesinos, como
antaño lo hacía en Kuypen, en la noche clara que
abre el verano. Tampoco en las noches frías le hubieran
cedido un sitio en el banco de la fragua en donde unos
cuantos rústicos, siempre los mismos, se apiñaban al
buen calor, intercambiando noticias, entre el zumbido
de las últimas moscas de la temporada. Todo ahora lo separaba
de ellos: la lenta jerga pueblerina, sus pensamientos
apenas menos lentos y el temor que les inspiraba un
muchacho que hablaba latín y leía en los astros. En algunas
ocasiones, arrastraba a su primo y ambos corrían sus
aventuras nocturnas. Bajaba al patio, silbando bajito para
despertar a su compañero. Henri-Maximilien saltaba
por el balcón, aún entorpecido por el sueño profundo de
la adolescencia, oliendo a caballo y a sudor tras las volteretas
de la víspera. Mas la esperanza de topar con alguna
moza que se dejara revolcar a orillas del camino o
con el vino clarete, que bebían a traguitos cortos en la
posada, en compañía de algún carretero, pronto conseguía
espabilarlo.
Los dos amigos se adentraban por tierras de labor,
ayudándose uno a otro a saltar las cunetas, y se dirigían
hacia la fogata de un campamento de gitanos o hacia la
luz rojiza de una taberna distante. Al volver, Henri-Maximilien
se jactaba de sus hazañas; Zenón callaba las suyas.
La más tonta de aquellas aventuras fue una en que el
heredero de los Ligre se introdujo de noche en la cuadra
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de un tratante de caballos de Dranoutre y pintó dos yeguas
de color de rosa; su propietario, al día siguiente, las
creyó embrujadas. Un buen día se descubrió que Henri-
Maximilien había gastado, en una de aquellas correrías,
unos ducados que le había robado al grueso Juste: medio
en broma, medio en serio, padre e hijo llegaron a las manos.
Los separaron igual que se separa a un toro de su
torillo cuando se embisten uno a otro en el cercado de
una hacienda.
Pero lo más corriente era que Zenón saliera solo, al
alba, con sus tablillas en la mano. Se alejaba por el campo,
a la búsqueda de no se sabe qué clase de conocimientos
emanados directamente de las cosas. No se cansaba
de sopesar y estudiar con curiosidad las piedras, cuyos
contornos pulidos o rugosos, y cuyos tonos de herrumbre
o de moho nos cuentan una historia, testimonian de
los metales que las formaron, de los fuegos o las aguas
que antaño precipitaron su materia y coagularon su forma.
Por debajo de las piedras, se escapaban unos insectos,
bichos extraños de un infierno animal. Sentado en
un cerro, miraba cómo ondulaban, bajo el cielo gris, las
llanuras abultadas de cuando en cuando por largas colinas
arenosas, y pensaba en tiempos remotos, cuando el
mar ocupaba todos aquellos amplios espacios en donde
ahora crecía el trigo, dejándolos al marchar la conformidad
y rúbrica de las olas. Pues todo cambia: la forma del
mundo y las producciones de esa naturaleza que se mueve
y cuyos momentos ocupan siglos. Otras veces, su
atención, que se volvía de repente fija y furtiva como la
de un cazador, se dirigía hacia los animales que corren,
vuelan y se arrastran en lo profundo de los bosques; se
47
interesaba por las huellas exactas que dejan tras ellos,
por sus períodos de celo, su emparejamiento, su alimentación,
sus señales y sus estratagemas, y por su modo de
morir, al ser golpeados con un palo. Le atraían con simpatía
los reptiles calumniados por el miedo o la superstición
humana, fríos, prudentes, medio subterráneos, y
que encerraban en cada uno de sus rastreros anillos una
especie de sabiduría mineral.
Una de aquellas tardes, en el momento más ardiente
de la canícula, Zenón, seguro de sí gracias a las instrucciones
de Jean Myers, se comprometió a sangrar a
un granjero, al que le había dado una congestión cerebral,
en lugar de esperar los socorros inciertos de un
barbero. El canónigo Campanus deploró aquella indecencia.
Henri-Juste, echándole leña al fuego, se quejó
amargamente de que los ducados perdidos en sufragar
los estudios de su sobrino no iban a servir más que para
que éste acabara con una lanceta y una bacía. El clérigo
soportó aquellas amonestaciones con un silencio preñado
de odio. A partir de aquel día, prolongó sus ausencias.
Jacqueline creía en algún amorío con la hija de un
granjero.
Una vez cogió pan para varios días y se aventuró
hasta los bosques de Houthuist. Aquellos bosques eran
lo que quedaba de las grandes arboledas existentes en
tiempos paganos: de sus hojas caían extraños consejos.
Mirando hacia arriba, contemplando desde abajo aquellas
espesuras de verdor y de agujas de pino, Zenón volvía
a enfrascarse en especulaciones alquímicas emprendidas
48
en la escuela o a pesar de ella. En cada una de aquellas
pirámides vegetales hallaba el jeroglífico hermético de
las fuerzas ascendentes, el signo del aire, que baña y nutre
estas bellas entidades silvestres; del fuego, cuya virtualidad
llevan dentro de sí y que tal vez las destruya
un día. Pero aquellas ascensiones se equilibraban con un
descenso: bajo sus pies, el pueblo ciego y oloroso de las
raíces imitaba, en la oscuridad, la infinita división de
las ramitas en el cielo, orientándose con precaución hacia
no se sabe qué clase de nadir. Aquí y allá, una hoja
que amarilleaba antes de tiempo delataba bajo el verde la
presencia de los metales con que había formado su sustancia
y cuya transmutación operaba. El empuje del
viento combaba los altos árboles como lo hace con el
hombre el destino. El clérigo se sentía libre como los
animales y como ellos amenazado; equilibrado como el
árbol entre el mundo de abajo y el mundo de arriba; doblegado
él también por las presiones que sobre él se ejercían
y que no cesarían hasta que muriese. Mas la palabra
muerte no era todavía más que una palabra para aquel
hombre de veinte años.
Cuando llegó el crepúsculo, advirtió que en el musgo
había señales de árboles derribados; un olor de humo
lo condujo en la noche ya oscura hasta la choza de unos
carboneros. Tres hombres, un padre y sus dos hijos, verdugos
de árboles, dueños y servidores del fuego, obligaban
a éste a consumir lentamente a sus víctimas, transformando
la húmeda madera que silba y se estremece en
carbón que conserva para siempre su afinidad con el elemento
ígneo. Sus harapos se confundían con sus cuerpos
casi etíopes, pintados de hollín y de cenizas. Los pelos
49
blancos del padre, las crines rubias de los hijos sorprendían
en torno a las caras negras y sobre los negros y desnudos
pechos. Aquellos tres, tan solos como anacoretas,
casi habían olvidado todas las cosas del mundo, o quizá
no las supieron nunca. Poco les importaba quién reinaba
en Flandes, ni si estaban en el año 1529 de la encarnación
de Cristo. Resoplaban, más que hablaban y acogieron
a Zenón como los animales del bosque acogen a otro
de los suyos; el clérigo no ignoraba que hubieran podido
matarlo para robarle sus vestiduras en vez de aceptar una
porción de su pan y de compartir con él su sopa de hierbas.
Avanzada la noche, medio ahogado en su choza llena
de humo, se levantó para observar los astros como de
costumbre y salió al área calcinada que parecía blanca en
la noche. La hoguera de los carboneros ardía lentamente.
Era una construcción geométrica tan perfecta como
los fortines que hacen los castores o como los panales de
las abejas. Una sombra se movía sobre campo rojo; el
más joven de los dos hermanos vigilaba la masa incandescente.
Zenón le ayudó a separar, con un gancho, los
leños que se quemaban con demasiada premura. Vega y
Deneb resplandecían entre las copas de los árboles; los
troncos y las ramas ocultaban las estrellas más bajas en el
cielo. El clérigo pensó en Pitágoras, en Nicolás de Cusa,
en un tal Copérnico cuyas teorías recientemente expuestas
habían sido calurosamente acogidas por algunos y
violentamente atacadas en la Escuela, y un sentimiento
de orgullo lo invadió al pensar que pertenecía a aquella
industriosa y agitada raza de los hombres que domestica
al fuego, transforma la sustancia de las cosas y escruta los
caminos de los astros.
50
Despidiéndose de los carboneros sin más ceremonias,
como si se despidiera de los corzos del bosque, volvió
a ponerse en camino con impaciencia, como si el objetivo
que señalaba a su espíritu estuviera muy cerca y
como si, al mismo tiempo, fuera preciso apresurarse para
alcanzarlo. No ignoraba que estaba gozando de sus últimas
horas de libertad y que, de aquí a algunos días tendría
que volver a su banco del colegio, con el fin de asegurarse
para más tarde un puesto de secretario de obispo, encargado
de redondear suaves frases latinas, o una cátedra
de Teología desde la cual sería conveniente no dejar caer
sobre sus auditores más que palabras aprobadas o permitidas.
Por inocencia, debida a su juventud, se imaginaba
que nadie hasta entonces había albergado en su pecho
tanto rencor hacia el estado sacerdotal, ni había llevado
tan lejos la rebelión o la hipocresía. De momento sólo el
grito de alarma de un arrendajo, o los golpecitos de barreno
del pájaro carpintero constituían sus oficios de la
mañana. Una boñiga de animal humeaba delicadamente
sobre el musgo, dando testimonio del paso de una bestia
de la noche.
Una vez en el camino real volvió a hallar los ruidos
y gritos del siglo. Una banda de rústicos excitados corría
con cubos y horcas: una granja muy grande y aislada estaba
ardiendo, incendiada por uno de aquellos anabaptistas
que ahora pululaban por doquier, y mezclaban su
odio a ricos y poderosos con una forma particular de
amor a Dios. Zenón compadecía desdeñosamente a
aquellos visionarios, que saltaban de una barca podrida
a otra que hacía agua, y de una aberración secular a una
nueva manía, mas el asco a la densa opulencia que lo
51
rodeaba lo ponía, a pesar suyo, del lado de los pobres.
Un poco más lejos halló a un tejedor que acababa de ser
despedido y que tuvo que optar por las alforjas del
mendigo para buscar subsistencia en otra parte. Envidió
a aquel miserable por ser más libre que él.
52
sábado, 1 de septiembre de 2012
FRANÇOISE SAGAN . " BONJOUR TRISTEZA " -- RECOPILO RITA AMODEI
FRANÇOISE SAGAN “Bonjour Tristesse” (“Buenos días tristeza”)
M&M
Con la edad de 18 años, mucho escándalo y millones de ventas en el mundo fue publicada esta novela de la escritora francesa Francoise Sagan (1935-2004). El lugar elegido para su desarrollo es La Costa Azul y la protagonista la caprichosa, rica, mimada, adolescente Cécile. De vida fácil, coches rápidos y caros, noches de fiesta-cocktail y martinis, sol y piscina al mediodía, ociosidad y sensualidad perturbadas por el estudio de un examen sobre Proust y la idea del próximo matrimonio de su adorado padre, viudo de 40 años con la envidiada Anne. Con un lenguaje sencillo y a veces filosófico, esta escritora perteneciente al “Mayo del 68” y a la “Nouvelle Vague” (también rodó cine), arrastra al lector entre el glamour de su propia vida real y la tristeza de la vaciedad. Veremos el infantil y maquiavélico plan trazado por Cécile para separarles. Fue llevada al cine por Otto Preminger en 1958.
martes, 28 de agosto de 2012
A LOS LECTORES
ANUNCIAMOS A LOS LECTORES QUE A PARTIR DE ESTE MOMENTO EL BLOG RESPLANDORES QUE DA BAJO LA DIRECCION DE ELENA HORTON Y CRIS SOLAR .
ELLOS SERAN LOS COLUMNISTAS ESTABLES .
LE DAMOS LA VIVIENVENIDA A CRIS SOLAR EN SU REGRESO A LA LIETARATURA Y KLE DESEAMOA A ELLA Y A ELENA U NRUTILANTE EXITO . RITA AMODEI
viernes, 24 de agosto de 2012
MAXENCE VAN DER MEERSCH . CUERPOS Y ALMAS POR RITA AMODEI
MAXENCE VAN DER MEERSCH
Cuerpos y almas
Título: Cuerpos y almas
Título original: Corps et âmes
MAXENCE VAN DER MEERSCH
Cuerpos y almas
Traducción de Salvador Marsal
A mi padre,
en recuerdo de gratitud y de afecto
por la ternura con que rodeó mi juventud.
LIBRO PRIMERO
Encadenado a ti mismo
Dos ciudades han surgido de dos amores;
del amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios,
la ciudad terrestre;
del amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo,
la ciudad celestial.
SAN AGUSTÍN, De civitate Dei (lib. XI, cap. 28)
Carísimos, amémonos los unos a los otros;
porque el amor proviene de Dios.
Aquel que ama,
es hijo de Dios, y conoce a Dios.
El que no ama,
no conoce a Dios porque Dios es amor.
SAN JUAN (Ep. I, cap. IV, 7-8)
PRIMERA PARTE
1
Evidentemente, sus compañeros debían de estar al acecho.
Apenas entró recibió en el pecho un hueso al que estaban
adheridos jirones de carne humana.
Michel empujó suavemente la puerta de la sala de dirección.
Era la primera vez que volvía allí después de su regreso
del regimiento.
—¡Carniza! ¡Carniza! ¡A la puerta! ¡A muerte! ¡Abajo
Michel! ¡Abajo Doutreval! ¡Muera el bisoño! ¡Muera el novato!
¡Carniza! ¡Carniza!
La carniza volaba por los aires, y una treintena de estudiantes,
enfundados en batas blancas, aullaban y bombardeaban
a Michel con proyectiles de carroña.
Un muchachote, con una incipiente calvicie, y un mancebo
de rostro rubicundo, con enormes gafas de carey, dirigían
el ataque. Michel se agachó debajo de una mesa, recogió
la carroña que acababa de serle disparada y, arrojándola
contra sus agresores, se precipitó hacia ellos gritando:
—¡Sois un atajo de cobardes!
Se reunió con el grupo y la batalla terminó. Y mientras
Michel se enjabonaba la cara y las manos en un pequeño
lavabo de porcelana, sus compañeros le rodearon estallando
en estrepitosas risotadas y dándole palmadas en los
hombros.
13
—Esto no está bien —protestó Michel—. ¡Hacerme eso
a mí, un veterano! Bien sabéis que no soy un novato de primer
año. ¿Y vosotros, qué? ¿Cómo van las cosas? Y tú, Seteuil,
¿siempre sin blanca?
—Siempre —respondió Seteuil, el mozarrón calvo—.
Di, Michel, ¿vendrás esta noche con nosotros, después del
banquete?
—Pues claro. ¿A qué hora?
—A las diez —repuso Tillery, el jovencito de las gafas—.
A esta hora ya habremos terminado de comer.
—¿Estará también Santhanas?
—Seguramente vendrá a esperarnos.
—¡Nos vamos a divertir de lo lindo! —afirmó Seteuil.
Y expuso sus planes para la noche siguiente. Tillery, cuyo
rostro redondo y rubicundo revelaba un aire de gravedad
y de atención, escuchaba y aprobaba con gran ansiedad cuanto
se decía mientras limpiaba sus gafas con uno de los faldones
de su bata blanca. Cogió el escalpelo y se acercó a un
cadáver desmenuzado ya en sus tres cuartas partes, tendido
delante de él sobre una mesa de mármol. Todos los músculos
habían sido diseccionados. Aquello no era más que un montón
de carne venosa con grandes huesos amarillentos ensartados
con largas y blancas hebras fibrosas, parecidas a cordeles.
Tillery, con gran minuciosidad, acababa de poner al
desnudo los tendones del antebrazo y arrancaba pequeños
trozos de carne medio putrefacta con los cuales hacía una
bola y los tiraba, como un carnicero, en un cubo que tenía
debajo de la mesa. También los otros habían reanudado su
disección, y, con el cigarrillo en los labios, hacían bromas
subidas de tono y soltaban palabras asaz obscenas. Reacción
instintiva de una juventud humanamente sumergida en la
dura verdad de la condición humana y en los cuales la grosería
y el sacrílego desparpajo no revelan sin duda más que un
14
desesperado afán de curtirse a toda costa el corazón. Seteuil
tenía entre manos un pedazo de carne que llevaba aún adheridos
la epidermis y el pelo. Escarbaba el interior y lo volvía
de un lado, y de otro. Bruscamente, lo examinó un instante
más de cerca.
—Escucha, Tillery —dijo—, ¿sabes acaso lo que estás
trinchando? ¿Sabes de quién es?
Y al decirlo mostraba el pedazo de carne que sostenía
con la punta de los dedos. Era una cabeza humana de la que
se habían extraído los huesos, una especie de máscara amarilla,
arrugada, estropeada, en la que vagamente podía apreciarse
la faz de una vieja mujer.
—No —repuso Tillery.
—Es tu vieja del hospital, la que ha operado Géraudin.
¡Tu flirt, viejo sátiro! No creas que ignoramos que la obsequiabas
con tabaco.
Tillery cogió la carátula de carne y la colocó en la palma
de la mano.
—Pues es verdad —dijo—. Merde!
Durante breves instantes miró fijamente la encogida
piel humana. Tras sus gafas de carey sus ojillos grises habían
cobrado una extraña seriedad.
—¡Ah, merde! —repitió.
Permaneció un instante silencioso. Luego, hubiérase
dicho que se sentía avergonzado. Sonrió. Por dos o tres veces
casi estrujó aquel rostro entre sus manos. Después, rememorando
la voz del anciano profesor Donat, dijo:
—Muy bien, muy bien, señores... Les repito que muy
bien...
De repente, recobrando su voz natural, gritó:
—¡Eh, agarra esto, papanatas!
Y, como una bala, lanzó la carátula a Seteuil, que la cogió
al vuelo.
15
Luego la conversación giró de nuevo sobre el banquete
de la noche.
Al salir de la facultad, Michel Doutreval volvió a casa de
su padre. Había de acompañar en automóvil a Pruillé, un
pueblecito situado a una veintena de kilómetros de Angers, a
sus dos hermanas Mariette y Fabienne. En Pruillé, a orillas
del Mayenne, estaba enclavada la casa de campo del gran cirujano,
el profesor Heubel.
En el parque, durante toda la tarde, Michel, Mariette y
Fabienne jugaron al tenis y al croquet con Simone Heubel, la
hija del cirujano. Simone Heubel, una muchacha robusta y
lozana, con todo el esplendor de sus diecinueve años, sentía
una viva inclinación, y no lo ocultaba, hacia Michel. Quizá a
causa de ella, por un inconsciente deseo de contradicción y
a pesar de los atinados consejos de su padre, Jean Doutreval,
Michel no parecía tener la menor prisa en declararse.
Estaba ya avanzado el otoño y, a las cinco de la tarde,
comenzaba a soplar un airecillo fresco. Una tenue niebla envolvía
el umbroso y apacible valle del Mayenne. Simone
Heubel condujo a sus invitados hacia la quinta. En torno a un
fuego de leños tomaron el té, comieron emparedados de queso,
jamón dulce, salmón ahumado, pasteles de hígado con
ensalada, frutas y confitura de naranja. Se charló por los codos
y abundó el regocijo. Luego, Michel se puso al volante
del potente Renault familiar, que en semejantes ocasiones le
prestaba su padre, y condujo a su casa a sus hermanas Mariette
y Fabienne.
Subió a su cuarto y se cambió la ropa interior y el traje.
Y como su poderoso estómago había hecho honor a los emparedados
y golosinas de Simone Heubel, resolvió no cenar.
Sin advertir a Mariette, su hermana mayor, que no le hubiera
16
hecho el menor caso, bajó con gran sigilo, atravesó el vestíbulo
y salió afuera con una maravillosa discreción.
La cita estaba fijada para las diez, una vez terminado
el banquete de los internos. Entretanto, Michel se encaminó
a la plaza de Armas y entró en el bar moderno y coquetón
instalado en los sótanos del hotel Carlton. En el mostrador
consumió un sandeman con varias raciones de patatas
fritas, algunos vasos de aguardiente añejo y bizcochos salados.
Raoul, el mozo del mostrador del Carlton, conocía el
voraz apetito de Michel y le atendía como a un cliente de
importancia.
Como era temprano, el bar estaba poco concurrido.
Algunas pindongas que sorbían café con leche o comían
bizcochos cambiaban de vez en vez algunas palabras o escribían,
Dios sabe a quién, interminables cartas. Aquí y allí algún
vejestorio excesivamente atildado se extasiaba mirando, a
través de las gafas, a sus vecinas. El resplandor rojo y violeta
de los tubos luminosos se multiplicaba en los espejos.
Anchos listones de metal cromado realzaban el oscuro palisandro
de las mesas y de las butacas guarnecidas de cuero
color granate. Michel lanzó una ojeada en torno suyo en
busca de una cara conocida; pero no encontró ninguna.
Muchos de sus amigos, estudiantes de Medicina, debían hallarse
en el banquete de Suraisne. Tras un prolongado bostezo
Michel pidió un cuarto sandeman. Su anchura de espaldas
ocupaba en el mostrador un no despreciable espacio. Contemplaba
de lejos en el espejo su grande y maciza cabeza. Su
faz enrojecida, sus ojos pequeños y negros y sus cabellos
castaños, erizados y en forma de cepillo. Y no se juzgaba en
verdad muy hermoso.
Alguien le dio una palmada en los hombros y Michel se
volvió.
—¡Santhanas!
17
El amigo Santhanas, un muchacho larguirucho, delgado
y pálido, estaba aún más demacrado que de costumbre. Parecía
presa de gran turbación.
—¿Te sucede algo?
—Sí. Es una suerte que te haya encontrado enseguida.
—¿Necesitas de mí?
—Sí. Ven conmigo. —Michel pagó y salió seguido de
Santhanas.
Afuera, la noche difundía suavemente por el espacio
una penumbra violácea. Los escaparates despedían raudales
de luz.
Un enjambre de modestas empleadas salía de los despachos
y animaba las calles con su bulliciosa juventud y su lujo
barato y deslumbrante.
—¿Qué ocurre? —preguntó Michel.
—Ve enseguida en busca de Tillery.
—¿De Tillery? ¿Para qué?
—Tengo en mi cuarto a una mujer con hemorragia.
Parece que se trata de un aborto.
Michel miró a Santhanas. Le conocía y sabía de lo que
el otro era capaz. Y comprendió.
—Te advierto que Tillery está en el banquete —dijo—.
Allí se divierte mucho y quizá no venga...
—No importa. Ve deprisa, corre, tengo miedo. Explícale...
No dejará de venir.
—Voy enseguida —repuso Michel.
—Yo también me voy. Te espero. Date prisa.
Michel conservó en la mano el sombrero de fieltro,
pues jamás sobre su abollada cabezota había podido mantener
un sombrero en equilibrio. Y a paso gimnástico se dirigió
hacia el barrio de las facultades, situado al pie del castillo del
rey René.
18
El banquete de los internos del hospital de L’Égalité tenía
lugar en el primer piso de la Taverne du Roi René. Aquella
fiesta era una vieja costumbre, y, naturalmente los estudiantes
la resucitaban cada año con el celo más ferviente. Sin
demasiado rigorismo eran invitados al banquete numerosos
estudiantes y alumnos externos, todos ellos de primer año.
También se invitaba a la mayor parte de los afamados profesores
de la Facultad de Medicina, quienes asistían a la fiesta
sin hacerse rogar demasiado. Por su parte, cada profesor
ofrecía una cena anual a sus «pupilos» a la que asistían las damas,
y en la que el continente era perfecto. Pero al banquete
de los internos no asistían más que hombres, y, además, el estudiante
era el rey, porque era él quien lo ofrecía. Como no
había señoras, nadie se sentía cohibido. Y por una noche los
profesores no eran más que invitados indulgentes y sonrientes.
Así que en el transcurso de aquella fiesta reinaba habitualmente
un regocijo un poco subido de tono.
En torno a los profesores el ambiente era menos tumultuoso.
Reinaba entre ellos una jovial animación. Tocados con
gorritos de papel de seda que ridiculizaban singularmente su
magistral gravedad, los profesores discutían entre sí en voz
alta, a causa del ruido. Sentado entre Géraudin y Heubel,
presidía el decano Geoffroy. Jean Doutreval, el padre de Michel,
bromeaba con Suraisne y el viejo Ribières. Y Donat, el
neurólogo, que a pesar de su aortitis había asistido al banquete,
escuchaba con una sonrisa inteligente y discreta los chismes
de política interior que le explicaba Gigon, el todopoderoso
secretario de la Facultad de Medicina. Un poco más
lejos se sentaban los agregados y los encargados de curso, en
espera de cátedras vacantes: Bourland, Huot, Van der Blieck
y Vallorge, a quien llamaban Luis XVI a causa de su perfil
19
borbónico. Seguía luego la abigarrada masa de los estudiantes
e internos, muy eufóricos todos y algunos de ellos un poco
achispados, enarbolando gorritos de papel y emblemas multicolores.
Y al extremo de la mesa, la minoría terriblemente bulliciosa
y activa de los alborotadores, los más de ellos completamente
embriagados como lo requiere la tradición. En esa
especie de carnaval, de fiesta desaforada y excepcional que es
siempre un jolgorio estudiantil, no podían faltar algunos bufones.
Y dos o tres agregados de reciente nombramiento no
desdeñaban tomar parte en aquella algazara. Por el momento,
en aquel rincón se estaba aún en el período de las canciones.
Una docena de muchachos armados con cuchillos golpeaban
cadenciosamente los vasos y las botellas. Otros dos, dando
golpes con el puño cerrado en los paneles de la puerta, simulaban
tocar el bombo. Otros producían un ruido cascabelero
haciendo percutir el mango de las cucharas en el interior del
gollete de las botellas. El efecto de esta orquesta era sorprendente.
Con esta barahúnda se pretendía acompañar la canción
de Seteuil, quien, con la chaqueta puesta al revés, encaramado
en una silla y apoyando el pie sobre la mesa, vacilante, con el
rostro encendido y bañado en sudor, rugía más que cantaba lo
que podía recordar de una escabrosa canción estudiantil.
Tocado con una cacerola, el joven Lapeyrade, el interno
de tercer año que un mes después había de morir a causa de
su abnegada labor en el hospital de L’Égalité a la cabecera
de un niño atacado de garrotillo, llevaba frenéticamente el
compás con el paraguas sustraído al Père Donat. Al final de
la copla, enarbolaba bruscamente el paraguas con gesto de espadachín.
Y toda la pandilla de furiosos que le rodeaban reanudaban
a coro, con un griterío que se oía desde fuera hasta
el extremo del bulevar:
Nous sommes unis par la véro... olé!
20
Coquetamente ataviado con un primoroso delantal
blanco hurtado a una sirvienta complaciente, Tillery, con el
rostro encendido y brillándole los ojos detrás de sus gruesas
gafas, anchas como tragaluces, discutía con Groix y Regnoult,
los dos internos de Doutreval, para saber si lograrían
persuadir a un joven agregado a que se sumara a ellos aquella
noche. Un largo e incoherente debate siguió luego entre Tillery,
Groix y Regnoult a propósito de las enfermedades venéreas.
Regnoult afirmaba la individualidad particular del
treponema de la sífilis nerviosa, mientras que Tillery y
Groix, apodado este último el Cararrajada a causa de una cicatriz
que le desfiguraba el rostro, discutían su punto de vista
con argumentos a los que una incipiente borrachera imprimía
una absoluta vaguedad. Había que ver a Groix el Cararrajada,
tocado con un gigantesco gorro blanco arrancado en
noble lid al jefe de la Taverne du Roi René, hablar con tono
sesudo a Tillery, acicalado con un delantal blanco con babero
de encaje, a propósito de espirilos, espiroquetas, reacciones
de Kahn, antígenos y anticuerpos. Más allá, Vallorge explicaba
a Flégier, el jefe de la clínica de Géraudin, el reciente
accidente sobrevenido a Suraisne. Una anciana había ingresado
en el hospital de L’Égalité, con un neoplasma en el pecho.
Evidente, no había nada que hacer, pero el caso preocupaba
a Suraisne, quien se preguntaba si detrás de aquello no
acechaba una tuberculosis. La vieja murió en viernes. Era Seteuil
quien la cuidaba, pero éste se hallaba en París y no volvió
hasta el martes siguiente.
—¡Estoy desesperado! —dijo—. ¡Desesperado! ¡Haber
fallado ese pecho!
Entonces, sin decir palabra, Seteuil, seguro de la alegría
que iba a causar, había, con gran solemnidad, llevado a
Suraisne el pecho que había diseccionado y conservado en
formol.
21
—¡Ah, Seteuil, Seteuil! —dijo Suraisne—. He aquí un
gesto que nunca olvidaré.
Cogió el pecho del bocal y lo abrió. En aquel momento
un absceso que había en la carne muerta reventó, salpicándole
de pus el rostro y la mano. Dos días después Suraisne tenía
en el dedo un hermoso absceso.
—Tuve miedo —decía Vallorge mirando de lejos a Suraisne—.
¡Y Seteuil también! El profesor tenía justamente un
corte en el dedo...
Sus temores le hacían ahora sonreírse. Se pasaba suavemente
la mano por el rostro, un rostro borbónico, agraciado,
un poco adiposo y abotargado, pero que reflejaba serenidad y
aplomo. Y Suraisne, que veía los gestos y la mirada de su
alumno, volvió a explicar el relato del incidente a sus vecinos
Doutreval y Ribières, mostraba su dedo con una pequeña
pupa y hacía tocar debajo de su chaqueta los ganglios de su
axila al viejo Ribières que demostraba marcado interés.
—Hasta aquí he caído en la trampa, querido —decía—.
¡Oh! ¡Si hubiese usted oído todo lo que me prescribió, aconsejó
y recomendó! ¡No he hecho absolutamente nada! Todo
esto es una guasa. Y desde hace tres días, nada, ni temperatura
ni dolor.
Hubiérase dicho que Suraisne, hombre de ciencia y de
laboratorio, olvidaba todo su saber en cuanto se trataba de sí
mismo. Por otra parte, no es insólito el caso de los médicos
que desdeñan absolutamente su propio cuidado.
—Ya ve usted que he salido bien del paso —afirmó.
—En efecto —repuso el anciano y excelente profesor
Ribières, bajando gravemente la cabeza tocada con un gorro
de gendarme de papel de seda, y examinando los ganglios de
Suraisne con la misma meticulosidad que si estuviera en su
despacho—. De todos modos, yo, en su lugar, tomaría precauciones...
22
—¡Bah, eso se ha acabado! Bebamos por el confusionismo
de los cirujanos.
Y, a distancia, Suraisne, en la cordial invitación, levantó
la centelleante copa y la avanzó hacia su protegido Vallorge y
hacia cuantos le rodeaban; pues, gastrónomo consumado, comía
mucho y tomaba bebidas secas.
En aquel momento un camarero que había pasado inadvertido
en medio de la confusión general se inclinó al oído de
Tillery.
—Caballero, uno de sus amigos pregunta por usted...
—¿Uno de mis amigos?
— Sí, uno alto, corpulento, con los cabellos alborotados.
«Es Michel —pensó enseguida Tillery—. No habrá
querido que su padre lo vea.»
Y, dejando la servilleta, salió llevando el delantal blanco
de la sirvienta.
En el rellano de la escalera encontró en efecto a Michel.
—Santhanas te necesita —dijo—. Ven enseguida.
Y explicó de lo que se trataba. Tillery se desató en juramentos,
trató a Santhanas de guarro, se quitó cuatro o cinco
veces las gafas para limpiarlas y se puso a reflexionar. Por último,
con ayuda de Michel consiguió desprenderse de su delantal
de criaduela, tomó su boina de estudiante constelada
de estrellas de oro y adornada con cintas rutilantes y se marchó
en pos de su amigo. El aire fresco de la noche disipó su
ligera embriaguez. Mientras caminaban requería detalles e
interrogaba a Michel, quien tampoco sabía nada.
—¿Ha sido él quien lo ha hecho? Sí, claro, debía suponerlo.
Es un perfecto gorrino; y ahora cuenta conmigo para
que le saque de apuros. En fin, no puedo negarme, pero podía
haberse dirigido a otro.
Ardía en deseos de saber detalles, pero Michel no pudo
decirle sino que se trataba de una hemorragia.
23
—Ese alcornoque habrá cogido miedo —concluyó Tillery—.
Pero como seguramente no estamos en presencia de
un parto verdadero, la placenta no está «madura» y está todavía
adherida al útero por vellosidades que se arrancan y
sangran... Evidentemente es un caso dramático. Y como
Santhanas ni siquiera sería capaz de hacer parir a una vaca...
¡Y pensar que un día será médico...!
—¿Tú crees?
—Fatalmente. ¿Has visto nunca un estudiante de Medicina
que no acabara siendo médico? Una vez está uno en la
fila, las cosas se suceden automáticamente.
Santhanas vivía en el tercer piso de un cafetucho sito en el
muelle del Maine. Era una estancia espaciosa, amueblada, vulgar
y triste, de cuyas paredes colgaban fotografías de artistas en
actitudes sugestivas. Sobre la chimenea había una calavera tocada
con una boina de estudiante y fumando en pipa. En un rincón
una cama de metal, en la que, con las ropas a la altura de
los senos y sobre un hule floreado de color azul, yacía una
muchacha de unos veinte años, con las piernas estiradas, lívida,
con los ojos cerrados y respirando con gran dificultad. Al
pie de la cama, para que hubiese más luz, ardían cuatro bujías
pegadas por la base en un plato colocado sobre un velador y
realzado con un montón de libros. Santhanas iba de un lado a
otro del cuarto, preparaba trozos de tela, hacía hervir agua en
la estufilla de gas y quería explicar las cosas.
—Cierra el pico —dijo Tillery, que se estaba lavando las
manos—. Estamos al corriente. No tienes perdón, amigo
mío. Aun cuando uno sea capaz de tales suciedades, no se hacen
éstas en un cuarto amueblado, con cuatro bujías por toda
iluminación, sin asepsia y sin nada. ¿Acaso ignoras que se trata
de una verdadera operación? ¿No sabes que hay peligro de
una violenta fiebre puerperal? Tanto se te da, ya me doy
cuenta. Está bien. Pronto, tus cucharillas, tu histerómetro.
24
—¿Para qué?
—Para sondar. No tengo confianza en ti, te lo digo claramente.
Ya sé qué clase de pájaro eres.
Cogió el histerómetro, una especie de aguja larga con
ranura terminada con un botón, se acercó a la enferma y
hundió el instrumento en el bajo vientre.
Michel se inclinó reconociendo a la paciente y mirando
de vez en cuando el redondo y rubicundo rostro de Tillery
que, de pronto, se contrajo y cobró una singular gravedad.
Le interesaba tanto lo que ocurría que ni siquiera se dio
cuenta de lo angustioso de la situación.
—No encuentro nada —dijo Tillery—. No parece que
haya perforación... Si la hubiera, la aguja penetraría sin dificultad,
a veces hasta el intestino... Si se nos presentara una
peritonitis... Pues bien, no; absolutamente nada. Puedes
vanagloriarte de tu suerte —y añadió, dirigiéndose a Santhanas—:
Prepara la sonda. No, no vale la pena... La reconoceré
sin ella.
De pronto, la muchacha se tornó lívida, su rostro se
contrajo en una mueca y lanzó un agudo gemido. Sus facciones
finas e infantiles, enmarcadas por sedosos cabellos rubios,
se envejecieron repentinamente y cobraron de súbito
una extraña rigidez y dureza.
«Se morirá», pensó Michel.
Por primera vez en su vida le asaltó de pronto una impresión
de horror y tuvo la sensación de que presenciaba algo
que no era solamente un juego, un simple incidente en su
vida estudiantil, sino un drama intensamente trágico en el
que se hallaba comprometido el destino de un ser. La operación
fue muy breve. Tillery había ya terminado y se enjabonaba
las manos. Santhanas sirvió café muy cargado con unas
gotas de aguardiente. La muchacha, con el cuerpo ya completamente
cubierto, estaba sentada, bebía a sorbitos y sus
25
mejillas iban cobrando un poco de color. La escena iba haciéndose
tranquilizadora. Michel se echó a reír. Y mientras
esperaba que la enferma estuviera en condiciones de irse por
su propio pie, bebió nuevamente café y se fumó los cigarrillos
de Santhanas.
Como Santhanas no se atrevía, Michel y Tillery acompañaron
a la muchacha en un taxi hasta el final de la avenida
Foch, donde aquélla habitaba. Era hija de unos empleados
modestos y pundonorosos, gente muy buena y de todas prendas
—explicaba Tillery en el taxi—. Un descarrío de muchacha
demasiado libre, demasiado «moderna». Tillery aprovechaba
la ocasión para sentar plaza de moralista, pero la
muchacha, con los ojos cerrados, acurrucada en un rincón
del vehículo, no contestaba; sólo escuchaba o dormía.
Se detuvieron ante la puerta de la casa de sus padres.
Como la muchacha no se hallaba en condiciones de apearse
del taxi, Michel y Tillery le propusieron conducirla a su propia
casa, pero aquélla se negó en redondo a acceder. Prefería
contar ella misma a su familia Dios sabe qué historia. Entonces,
Tillery le dio el número de teléfono del hospital, le dijo
qué cuidados tenía que tomar, le recomendó que vigilara la
temperatura y llamara inmediatamente a un médico en caso
de que no se encontrara bien. Podía estar tranquila: se trataba
de un secreto profesional y ningún doctor diría nada, ni siquiera
a su familia. Luego, mientras Michel pagaba al chófer,
Tillery llamó a la puerta de la casa. Se iluminó una ventana y
se oyó ruido de pasos en el interior. Entonces Tillery y Michel
se marcharon a escape, dejando que la muchacha se entendiera
a solas con sus padres. En pos de Michel, Tillery,
a pesar de sus cortas piernas, hizo unos quinientos metros a
una marcha en verdad notable.
Los dos jóvenes llegaron al Roi René, cuando se estaba
terminando el banquete. Los estudiantes salían por grupos,
26
que se iban dispersando en la negrura de la noche. Los profesores
se dirigían a sus coches. Vallorge, de ordinario apacible,
echaba pestes porque acababa de darse cuenta, al intentar
poner en marcha su automóvil, de que un desconocido
bienhechor había vaciado un jarro de agua en el depósito de
gasolina. Casi todos los días era objeto Vallorge de bromas
semejantes. Le ponían azúcar en la gasolina, o le sustraían la
tapadera del radiador, o el abrigo; pues era aborrecido por
todo el pequeño clan que formaban los advenedizos de la Facultad
de Medicina, por su ascenso demasiado rápido y por
su habilidad maniobrera. Incluso una vez, cuando regresaba
de España, los aduaneros encontraron cincuenta gramos de
cocaína debajo del asiento. Jamás se supo quién había sido el
que de tal modo había querido perderlo, pero lo cierto es que
a Vallorge le costó harto trabajo probar su inocencia. Aquella
noche tuvo que resignarse a abandonar el coche, pero Suraisne
le ofreció el suyo. Entretanto, los más de los estudiantes se
iban dispersando tranquilamente y cada uno se dirigía a su
casa. Algunos pequeños grupos acompañaban, departiendo
afablemente con ellos, a los profesores que iban a pie a su
domicilio. También la cuadrilla de los desaforados se iba desperdigando.
Un primer grupo se fue a la Casa de los Estudiantes,
y otro al instituto, con el propósito de asaltarlo y llevar
a los dormitorios de los novatos un poco de sana alegría. Un
tercer contingente partió en busca de los puestos de patatas
fritas que aún estaban abiertos para arrojar discretamente en
las sartenes un montón de orejas humanas arrancadas pacientemente
con este objeto de los cadáveres de disección. En
cuanto a Michel y Tillery, se vieron arrastrados por una banda
de revoltosos que, llamando a las puertas, vociferando
complicados juramentos a los burgueses, derribando cubos
de la basura y cerrando las espitas de gas que encontraban
por el camino, marchaban a la conquista de los cabarés y
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tabernas todavía abiertos. Empuñando el paraguas del Père
Donat, el joven Lapeyrade, que había de morir un mes después,
dirigía la pandilla.
La noche se remató con gran algazara. En una casa de
mala nota, situada detrás del cuartel, donde se hallaba el joven
y larguirucho Santhanas, se bebió champaña y ponche
con kirsch en compañía de algunos soldados beodos. Luego,
Seteuil, que no llevaba nunca una perra gorda, tuvo un altercado
con una de las mujeres a quien acusaba de haberle robado
cien francos mientras estaban en la habitación. La mujer
se defendía. Finalmente se encontró el billete en la copa de
Tillery, quien, completamente ebrio, se disponía a tragárselo.
Mas, a propósito de la cuenta, se suscitó entonces una confusa
discusión entre Groix, Regnoult y la patrona. Michel había
visto que junto con las botellas llenas la patrona había
traído otras tres vacías. Entretanto, Tillery, tras haber aceptado
el reto de las mujeres que le instaban a mantenerse en
equilibrio sobre un pie encima de la chimenea del salón, entre
las lámparas Carcel, remedaba la figura de Mercurio. Se
encaramó a la chimenea sobre los hombros de Seteuil, perdió
pie, se aferró al espejo y se vino al suelo con Seteuil, el espejo
y las lámparas. En medio de un estrépito formidable cayó
en el centro de la sala, derribando mesas, vasos y botellas. Sobrevino
luego una reyerta general entre soldados y estudiantes.
Michel desempeñó un brillante papel haciendo frente a
dos gigantescos dragones y al patrón del establecimiento,
hasta que Santhanas, mediante una hábil maniobra, consiguió
llegar hasta el interruptor. Entonces, en medio de las tinieblas,
el tumulto y una indescriptible confusión, Michel se
cargó a Tillery sobre los hombros y marchó, tan deprisa como
le era posible, hacia los muelles. Acurrucado sobre los
hombros de su amigo, Tillery lloriqueaba y con voz de niño
mimado reclamaba sus gafas.
28
Michel condujo a Tillery al cuarto de su amigo donde
éste, tras desplomarse en el suelo, se arropó con la alfombra y
se durmió sin dejar por un instante de derramar inexplicables
lágrimas. Michel volvió a bajar y se dirigió hacia los bulevares,
donde se encontró con Seteuil, Groix, Regnoult y Santhanas,
a quienes el primero conducía a casa de su amiga
Madeleine Daele, una enfermera del sanatorio, para acabar
allí la noche. Michel no se sumó a la pandilla. Apenas había
bebido, y la carrera que había hecho con Tillery a cuestas le
había devuelto toda su sangre fría. Dejó, por tanto, que aquel
grupo de atolondrados se fuese alejando. El eco de sus canciones
se fue poco a poco disipando a través de la ciudad dormida.
La voz aguda del chiflado de Lapeyrade sobresalía de
todas las demás, al berrear una canción obscena.
Y aquella noche apacible y silenciosa, Michel, después
de vagar por las calles, se dirigió hacia su casa.
Subió a tientas, sin hacer ruido, hasta el primer piso de
la espaciosa morada. Bruscamente, se recortó en el pavimento
un rectángulo de luz.
—¿Eres tú, Michel?
Michel reconoció a Mariette, su hermana mayor. Se sintió
presa de profundos remordimientos. Sabía que su hermana
solía esperarlo. Tenía que haber regresado más temprano.
—¡Qué tarde has venido!
—No tenías por qué preocuparte, Mariette.
—Está bien, está bien. Ahora ya estoy tranquila. Acuéstate
enseguida. Si papá lo supiera...
—¿Está acostado?
—Hace tiempo. Que descanses.
Mariette cerró la puerta. Desde que murió su madre,
Mariette Doutreval, del mismo modo que una clueca, cuidaba
de sus dos hermanos menores y de su padre, y llevaba
la casa.
29
Michel entró en su cuarto, se desnudó, se puso el pijama
y abrió la ventana. El cielo comenzaba a palidecer. A lo lejos, a
la izquierda, más allá de las techumbres de pizarra, la campiña
de Angers, reflejándose en las aguas claras del Maine, resurgía
lenta y cachazudamente. Masas enormes de una compacta
negrura, formada por los bosques que ocultaban el Loira encenagado
por las arenas, se iban deshilachando. En alguna parte,
en una iglesia de los suburbios, un reloj dio las cuatro.
Michel volvió a cerrar la ventana y se repantigó en la
butaca. Estaba desvelado. Su cerebro ardía. En su imaginación
vio de nuevo a Tillery remedando a Mercurio, a Vallorge
delante de su coche averiado, y al voluminoso dragón desplomándose
sobre la cabeza del patrón del establecimiento
cuando su puño le alcanzó en la barbilla. Michel se sonrió.
¡Qué noche! Luego, de pronto, acudió a su mente la imagen
de la mujer a quien Seteuil acusó de haberle robado. Evocó
nuevamente su rostro, su aire de honrada indignación... ¡Cosa
curiosa en una mujer de esta índole...! Sin que supiera por
qué, aquel recuerdo le dejó un mal sabor de boca. Le hubiera
gustado volver a ver a aquella mujer. ¡Bah! Es la vida... La
frase le complació. Y la repitió:
—Sí, es la vida...
Recordó luego a la muchacha amiga de Santhanas. ¡Qué
trágica faz la suya cuando pensó que iba a verla morir! Y en el
taxi... ¿Cómo diablos debió acabar la conversación con los
padres? Se le oprimió nuevamente el corazón y repitió:
—Es la vida...
Y se congratuló de su propia fortaleza. De los residuos
de moral que se había forjado en el instituto y en la facultad,
acudían a su mente, ante el espectáculo de la existencia, algunas
frases incoherentes y agradables:
—«Más allá del bien y del mal...» «La fuerza es la salud.»
Vae victis...
30
En aquel instante se sentía resuelto a despreciarlo todo
para ser él también en la vida un superhombre...
Sobreexcitado, su cerebro rechazaba decididamente el
sueño. Tomó el libro que había empezado la víspera, Crimen
y castigo, y leyó durante algunos minutos. A poco, bajo los
efectos de la lectura, Michel olvidó las emociones del día, sus
pensamientos y sus sueños. Revivía en aquel momento la
triste aventura de Sonetchka, la miserable muchacha a quien
su madrasta Catalina apalea y quisiera prostituir para poder
dar de comer a sus propios hijitos hambrientos. Llegó al pasaje
en que finalmente Sonetchka cede. Se ha vendido para
ayudar a sus hermanos. Vuelve a su casa con treinta rublos de
plata, los da a Catalina y se acuesta sin decir palabra. La madre,
trastornada, adivina el tremendo sacrificio, se postra de
hinojos al pie de la cama y llora con Sonetchka...
Michel dejó el libro, se levantó y dio algunos pasos por el
cuarto. Una intensa emoción le oprimía la garganta y le ahogaba;
una mezcla de piedad, de cólera, de juvenil y generosa
rebeldía que le humedecía los ojos y que no podía explicarse.
31
2
Louis, el chófer de Géraudin, aguardaba al profesor a la
puerta del palacete. El Panhard, negro y cromado, relucía
con sombría brillantez. En el florero del coche había algunas
flores. Louis se miraba de lejos en el barniz de la carrocería y
su alma se llenaba de orgullo. En casa de Géraudin era un
prepotente personaje. Su voluntad era ley y no se sabía por
qué motivos la señora Géraudin, que no temía a nadie, temía
a Louis.
Géraudin salió de su casa y subió en el coche ocupando
el asiento delantero al lado de Louis. No era ésta su primera
salida, pues ya muy de mañana el chófer le había conducido a
la clínica a girar una visita a los enfermos e intervenidos.
—¿Es verdad, señor, que el profesor Suraisne está enfermo?
—preguntó Louis, a quien su amo le permitía una
cierta familiaridad.
—Eso dicen, Louis, y parece que no está muy bien.
—¡Estaba tan jovial el otro día en el banquete! ¿No
conduce usted esta mañana, señor?
—No, Louis —dijo Géraudin—. Esta mañana no, porque
tengo que operar. Primeramente iremos a ver a Gigon
en la facultad.
Antes de intervenir, Géraudin, hombre prudente, procuraba
evitar todo exceso nervioso. Había pasado ya de los
32
sesenta y aun cuando se consideraba joven y vigoroso estimaba
prudente cuidar de su salud. Era un hombre todavía en
pleno vigor, de baja estatura, achaparrado, sanguíneo, con
ojos grises inyectados de sangre y orejas gruesas y purpúreas
hundidas en la carne de un cuello apoplético y demasiado
carnoso. Bajo el bigotillo a la moda americana, se notaba en
los labios un pliegue de tristeza y de fatiga. Sacó del bolsillo
una pitillera de oro y encendió el tercer cigarrillo de la mañana.
Géraudin se reprochaba a menudo a sí mismo el fumar
demasiado y ello le hizo nuevamente pensar en sus síntomas de
arteriosclerosis. Inconscientemente, con un ademán maquinal
que le era familiar, oprimió ligeramente con los dedos
pulgar e índice el lóbulo de la oreja.
El éxito de Géraudin databa de treinta años. Gozó del
apoyo de Salnikov, un médico de escasa notoriedad que ni siquiera
había sido agregado, pero que, dotado de una extraordinaria
audacia y clarividencia, había presentido el rumbo
que había de tomar la medicina moderna. Después de algunos
años de prácticas oscuras, Salnikov se consagró con gran
ardor a los rayos X, esa ciencia entonces nueva con la que se
entusiasmaban los enfermos que aún alentaban esperanzas.
Su éxito, favorecido por la boga y el capricho generales, merecido
asimismo por una abnegación y una conciencia profesional
absolutas y una rara seguridad en el diagnóstico, había
sido fulminante.
Salnikov era un apasionado de la medicina, pero de la
medicina en marcha, la medicina del porvenir. Fue en verdad
un precursor. Osado hasta la temeridad, con su racionalismo
científico precedía a todos sus colegas por los caminos, con
frecuencia peligrosos, de la medicina de vanguardia. Esa misma
audacia le granjeaba una clientela fascinada. Amplias amputaciones,
ablaciones de órganos, injertos, no retrocedía
ante nada. Ese médico hubiera sido un príncipe de la cirugía.
33
Fue el primero de la región en ensayar la resección de las fibras
del simpático. Los mismos cirujanos vacilaban en seguirle
y en practicar las intervenciones revolucionarias que
prescribía. Ello exasperaba a Salnikov, quien buscaba en vano
al cirujano que necesitaba, que le obedeciera, que se convirtiera
en la mano sabia, infalible e inteligentemente dócil de
su cerebro.
Fue entonces cuando se cruzó en su camino con Géraudin.
Bernard Géraudin, ex jefe de clínica del profesor Rillerac,
acababa de ser apeado por éste y no hacía más que vegetar.
El cirujano Rillerac acariciaba desde hacía tiempo la idea
de que su discípulo se casara con su hija y ocupara luego su
puesto en la facultad. Pero Géraudin estaba liado con una
modistilla y se negaba a separarse de ella. Era joven y tenía la
edad en que uno llora al escuchar Louise y se exalta cantando:
Tout homme a le droit d’être heureux,
Tout homme a le droit d’être libre...
A esa primera queja del maestro contra su discípulo no
tardó en sumarse otra. Rillerac se había enterado de que su
joven director de clínica comenzaba a practicar intervenciones
en la ciudad, haciéndose una pequeña clientela. Eso, Rillerac
no podía perdonárselo. Se desembarazó de Géraudin y
cerró el paso a aquel joven que tenía demasiada prisa en erigirse
en contrincante suyo.
Géraudin, puesto en medio de la calle, condenado a
esperar indefinidamente su cátedra de profesor y falto de
recursos económicos que le hubieran permitido abrir una
clínica, iba malviviendo de las intervenciones que practicaba
a domicilio.
Vio la primera luz en el bordelés, de padre sin medios
de fortuna. A aquel muchacho robusto, excelente anatomista,
34
se le presentaba el porvenir con tintes sombríos. Diez años
de vida mediocre, de figones, de casas de huéspedes y de humillaciones
ante los ricos le habían afilado terriblemente los
dientes. Se presentó a Salnikov, creyó en él y le siguió.
La cosa no marchó al principio muy llana. Ya en aquel
tiempo Salnikov obraba al margen de la medicina oficial. Como
un jugador, arriesgaba todos los días su situación en cada
intervención. Sin pestañear, escribía, por ejemplo, para encubrir
a su cirujano: «Yo declaro bajo mi responsabilidad que el
señor X..., efisematoso, debe ser anestesiado con cloroformo
en lugar de éter...» Poco a poco Géraudin se fue familiarizando
con esa temeridad. Convirtiéndose en el instrumento
dócil, que ejecuta y que comprende, hasta el punto de que
Salnikov decía a todos sus clientes:
—Y para cualquiera intervención: Géraudin. Únicamente
él, nadie más que él.
Géraudin se benefició así del prestigio y de las osadías
de su protector. Ya no se hacían distingos. Se decía:
—¡Qué audacia la de Géraudin!
En verdad, Géraudin iba asimilando poco a poco los
puntos de vista de su maestro y se lanzaba audazmente, por
propia iniciativa. Salnikov fue el verdadero maestro de Géraudin,
y, al contacto de aquél, el joven cirujano se formó poco
a poco un concepto general y nuevo de la cirugía. Llegó el
éxito y al cabo de poco tiempo pudo abrir clínica propia.
Salnikov confió varias veces su propio cuerpo a manos
de su amigo. Éste trabajaba en demasía y se divertía sin
moderación. Por primera vez en Francia, Géraudin practicó
sobre Salnikov la ablación de las hemorroides. Y las hemorroides
de Salnikov adquirieron pronto una prodigiosa
celebridad. Sucesivamente, Géraudin suprimió a su amigo
la vejiga biliar, el estómago y un trozo de intestino. Salnikov
murió en la clínica de su amigo, dos días después de un injerto
35
óseo en la columna vertebral que él mismo había exigido y
que como tal intervención había sido brillante.
En adelante, Géraudin podría prescindir de su viejo
maestro. Estaba ya lanzado. Nadie, ni siquiera uno de sus
enemigos, ponía en duda su valía. Y como no era de aquellos
que conservaban largo tiempo la edad de los sacrificios y de
la alegre pobreza —la verdadera juventud—, Géraudin, tentado
por el dinero a medida que acrecentaba sus ingresos,
abandonó a la modistilla de sus veinte años y contrajo matrimonio
con Valérie Largilier, la hija menor del decano de la
facultad. La vida no es ciertamente una novela. Tuvo un hijo
con su amiga. Ofreció a ésta una crecida suma que fue desechada.
Su matrimonio con la hija del decano le proporcionó
una cátedra en la facultad, que Largilier creó ex profeso para
él. Valérie llevó a su marido una dote principesca, pero Géraudin
pudo, a no tardar, prescindir de ella. Su clientela era la
más rica y brillante de la región. Industriales, políticos y personalidades
de toda clase sólo querían ponerse en manos de
Géraudin. Y los honorarios fastuosos que reclamaba, sus
extravagancias, su altanería, sus exigencias de hombre que
puede desdeñar el dinero forjaban en torno de él una leyenda
respetuosa.
—Es un original —se decía.
Géraudin ejercía en la facultad una verdadera soberanía.
Todos los diputados de la región eran amigos suyos. Sobre
todo el abogado Guerran, joven aún, puesto que no había alcanzado
los cincuenta años de edad, diputado a los treinta y
ministro a los treinta y seis, había sido para él un inestimable
colaborador. Géraudin, que sabía conocer a los hombres,
lanzó a Guerran a la palestra política y éste le pagó con creces.
Era Guerran quien aseguraba a Géraudin una enorme
influencia en todo el departamento. Géraudin, en efecto,
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nombraba los cirujanos de todos los hospitales, colocaba a sus
discípulos y hacía retener para ellos los mejores puestos. Fue
Guerran quien consiguió para Géraudin la roseta y la cinta
blanca y oro de gran oficial de la Legión de Honor. Guerran
quien dio carpetazo a todos los decretos que podían perjudicar
a su amigo Géraudin y quien hizo ascender al cargo de secretario
de la facultad a un primo de Géraudin llamado César
Gigon. El papel del tal Gigon era considerado inestimable.
Géraudin podía considerarse sin duda el hombre más
adulado y al mismo tiempo más odiado del país. Se buscaban
a su triunfo las más monstruosas explicaciones. Incluso
se achacaban al apoyo de Guerran otras causas que las puramente
amistosas, llegándose a afirmar que el político había
sido el amante de la señora Géraudin, por supuesto con el
beneplácito del marido. Sin embargo, si bien era cierto que
Valérie Géraudin tenía un carácter infernal, tampoco cabía
duda sobre la incorruptibilidad de su honradez. A todas esas
calumnias respondía Géraudin encogiéndose de hombros. De
una cosa estaba seguro, y ni sus peores enemigos lo ponían
en duda, y era que sin Salnikov, Gigon, Valérie y Guerran, él
solo, con su genio operatorio, hubiera alcanzado el renombre
de que gozaba. Y eso era sobre todo lo que no le perdonaban.
Gigon tenía su modesto y polvoriento despacho en el
segundo piso de la facultad, desde el cual regentaba a estudiantes
y profesores. No es generalmente conocido el poder
de un modesto secretario de facultad. Él es quien puede suspender
o aplicar tal o cual reglamento, modificar un expediente
y cerrar los ojos sobre una remisión. Prácticamente
era Gigon quien distribuía las condecoraciones, asignaba los
puestos y facilitaba dinero a cuenta. Ese primo de Géraudin
vivía en el campo. Si hubiera establecido su domicilio en el
37
propio Angers, se hubiese visto de la mañana a la noche atareado
de visitas. Aumentaba sus modestos ingresos vendiendo,
por cuenta de una gran librería, lujosos libros sobre medicina
y arte. Naturalmente, el pequeño grupo de logreros
que existen en todas las facultades efectuaba importantes
compras.
Aquel día, el angosto pasillo que hacía las veces de antesala
se hallaba abarrotado. Bourland, Huot, Van der Blieck,
profesores auxiliares, saludaron a Géraudin, el gran jefe, y se
apartaron para abrirle paso. Gigon, que acompañaba a un visitante,
acogió con deferencia a su ilustre primo y, excusándose
con un gesto con los demás, le hizo entrar.
—¡Ya ve usted cuánta gente! Acaba de saberse que Suraisne
está grave y por ello toda la cohorte de aspirantes se
pone en movimiento. Desde hace dos horas no ha cesado el
desfile de ambiciosos. Vienen en busca de noticias, quieren
saber detalles y sopesar las posibilidades de cada uno...
—Suraisne no ha muerto todavía, ¡qué diablos! —exclamó
Géraudin.
—Claro que no. Es lo que les digo a todos. Pero no le
he molestado por eso.
Gigon se proponía crear una nueva condecoración: la
Orden del Mérito Médico, que había de constituir una etapa
hacia la Legión de Honor, y le proporcionaba además un
nuevo instrumento de influencia. Con el apoyo de Guerran
el éxito de semejante proyecto estaba asegurado.
Géraudin prometió hablar de ello a Guerran en la primera
ocasión en que se encontrasen. Se despidió de Gigon,
subió al Panhard y Louis lo condujo a L’Égalité. El Panhard
rodaba suavemente. Géraudin pensaba en Suraisne, en ese
pequeño grupo de jóvenes condenados a desear la muerte de
un superior para subir un escalón. Y se decía que esa «política
de facultad», esos profesores rodeados de una corte y
38
disponiendo como amos absolutos del porvenir de sus discípulos
sin que los concursos y los exámenes tuviesen valor alguno,
no estaban decididamente hechos para favorecer la
competencia leal y la confraternidad. Recordaba, con un poco
de amargura, sus años mozos y pensaba en Rillerac, que le
había «apeado» porque había tratado de ganarse la vida.
Acudía de nuevo a su mente el grupo de ambiciosos moviéndose
impacientes en el pasillo que conducía al despacho de
Gigon. Y por hábilmente que éste lo pusiera en práctica, Géraudin
estimaba que el sistema era detestable.
39
continuara .....
domingo, 19 de agosto de 2012
Michel Foucault vs Noam Chomsky POR RITA AMODEI
A PARTIR DE ESTE MOMENTO INCORPORAMOS EN ESTE BLOG AL DISTINGUIDO , LINGUISTA , FILOSOFO Y ESCRITOR NOAN CHOMSKY .
SU RECONOCIDO PRESTIGIO INTERNACIONAL NOS EVITA TENER QUE PRESENTARLO .
CHOMSKY NOS OBSEQUIA , GRACIAS A SU GENEROSIDAD DE EDUCADOR , UN MATERIAL VALIOSISIMO QUE PUBLICAREMOS SEMANALMENTE .
AGRADECEMOS A NOAM CHOMSKY Y LO RECIBIMOS EN NUESTRO BLOG COMO LA LUMNIANRIA DEL PENSAMIENTO QUE ES .
RITA AMODEI - ELENA HORTON
viernes, 17 de agosto de 2012
LA ESPADA ENCENDIDA ... ENRIQUE GAMARRA ... POR RITA AMODEI
La espada encendida. Enrique Gamarra
Y fue cuando la patria era
un sueño tendido en las llanuras.
Lo supieron los sauces, en la orilla
de un río casi niño todavía.
Lo repitieron los caraguataes
como un secreto oscuro de la tierra
y lejos, bajo un cielo de gaviotas,
se hizo mensaje de agua entre las olas.
Fue cuando el aire andaba
con su infancia de abiertas golondrinas
imaginando coplas y banderas.
presintiendo tacuaras y alaridos,
reverberos de azules clarinadas.
Y fue cuando febrero teñía el mundo
con su euforia roja.
En Yapeyú, campana de la patria.
Aquel niño abrevaba en el rocío.
Los luceros le dieron
su vocación de luz y advenimiento.
En las palomas descubrió un destino
de horizontes sin limites de sombras
y del árbol extrajo su resina
de bosque y madrugada.
Después España lo miró distante.
Como un sobreviviente
de la floresta sudamericana hurgaba
en su nostalgia de membrana silvestre
cerca de un mar extraño y tumultuoso,
donde se hundían fechas de muertos calendarios.
Allí miraba el cielo y recordaba.
(En sus ojos había una estrella perdida)
Acaso recordaba el eco de un galope
o una guitarra que quedó olvidada
en el rincón más viejo del silencio.
Alboreaba en sus ojos un lejano retorno.
Allí se hizo relámpago, corteza,
huracán, torbellino y embestida,
cuando en su sangre despertó el llamado
como una imposición de la memoria.
Allí nació su sed interminable: el agua
lo esperaba en Sudamérica.
En San Lorenzo supo que empezaba
a arder el fuego de la profecía:
no estaban solas las barrancas,
algo en las arenas de la madrugada
se levantaba de repente,
algo que discurría unánime
en la sombra delataba
su pulso de bandera.
En la última torre del convento
conspiraban a solas las campanas.
Y de repente el tiempo se hizo nube,
crepitación de espadas y galopes,
mientras se derrumbaban
los mástiles del cielo
con un sonido bíblico de muerte.
El tinte granadero de la altura
cubrió por un instante todo el mundo.
En Plumerillo fue como una chispa,
como el roce de un pétalo en la bruma.
Algo escapó de un sueño
Y se desparramó por los caminos,
por las estribaciones. las quebradas,
hasta alcanzar los predios del poniente
detrás del estupor cordillerano.
El vigilaba insomne
las raíces sonoras de aquel sueño
y sus ojos hurgaban el crepúsculo
consumiendo morados calendarios.
¡Cómo observó la ruta de los pájaros
hacia el oeste siempre de la espera!
¡Cómo soñó banderas clavadas
en el polvo de la opresión y el miedo
y multitudes que lo saludaban!
Todo aquel tiempo de martillo y canto
brilló un vivac de estrellas en las noches.
Y el alma de la piedra tuvo su día de agua.
Por El Planchón, Coquimbo y Olivares
se repartió en columnas incesantes.
Con él marchaban cuatro mil soldados,
cuatro mil juramentos de uniforme
con cuatro mil banderas en lo alto.
Qué pudo la unidad de la tormenta
-su mínimo aluvión de roca y nieve-
contra ese fragor americano,
esa pluralidad alucinada
por un azul más denso que el silencio
y el último envión del Chimborazo?
Por El Planchón, Coquimbo y Olivares,
Los Patos y Uspallata,
un resplandor celeste crecía en los abismos.
¿Qué sonido subía de las profundidades?
El capitán del viento, el general
del trigo y las estrellas avizoraba
cóndores metálicos, gigantes pétreos,
huecos sulfurosos
Sabía que la calma tiene
su arista de fragor y trueno,
que la lluvia es la antípoda del fuego,
pero que en ella duermen los relámpagos
como el reverso de la mansedumbre.
Y de repente valles y gargantas,
desfiladeros, grutas, rompieron
su mutismo milenario sobre
el volcán abierto de los hombres.
Cataratas de sangre barrían la ladera.
La piedra oía, arengaba el viento.
Batallaba el paisaje y era en vano
que se partieran músculos y vértebras.
Nadie pudo morir aquella tarde.
Y desde la humareda y la vorágine
del alarido subía una palabra,
un nombre transparente como el agua,
sin herencia de pólvora ni truenos.
Argentina… Argentina…
Cuando calló el paisaje
El mangrullo del cielo estaba en llamas
y el sol era una roja clarinada.
Aquella noche el general de agua,
de puro viento y nube tumultuosa,
durmió como si fuera en el confín del mundo
con un sueño cruzado de guitarras.
Acaso fue preciso apurar esa copa de penumbra,
Arañar el perfume, violar la clara
desnudez del agua para encontrar el sol,
esa campanería de los ojos
que ahora sí encontraba
su proyección de alas sin brújulas de fuego.
Pero el sueño final estaba en Maipo.
Allí vientos de España y vientos de los Andes
soltaron sus columnas encendidas
y estremecieron todo el continente.
El era lo más alto del estruendo.
América en su espada fulguraba
y a su luz acudían los pueblos
de la tierra como a la redención
o a la esperanza.
En Maipo tuvo su razón celeste
tanta sangre cuajada en las estrellas,
tanto jirón de luz amurallada,
tanto pétalo herido en la embestida.
Era la puerta última y secreta
que mostraría al mundo
el nacimiento de la primavera.
II
La tierra era silencio
y él nos dio las campanas.
Era la patria piélago cerrado:
él nos dio las riberas.
Fue su herencia más firme
que el acero: nos dejó
la humildad de las espigas.
Quiso que el sol. la libertad, el canto
fueran la sed y el agua al mismo tiempo.
Lo invocamos aquí, desde otro sueño,
desde otros calendarios de ternura,
pero desde aquel mismo espacio navegante
donde aún se desvelan los ancestros del fuego,
como la referencia mas obcecada y alta de la luz.
¿Qué dimensión tendrá en esta edad de ráfaga y paloma
su mutismo de trébol insurgente?
Hacia dónde discurren sus manos sin orillas
y aquel destello sudamericano que calcinó
sus vértebras celestes.
¿Y qué chispa lo sigue, qué hoguera lo evidencia
en la profunda gesta de las sombras?
Enrique Gamarra (1933-?) Premio poesía instituido por el Fondo Nacional de las Artes en homenaje del General San Martín
SAN MARTIN . PABLO NERUDA . --- POR RITA AMODEI
San Martín. Pablo Neruda
Anduve, San Martín, tanto y de sitio en sitio, que descarté tu traje, tus espuelas, sabía que alguna vez, andando en los caminos hechos para volver, en los finales de cordillera, en la pureza de la intemperie que de ti heredamos, nos íbamos a ver de un día a otro. Cuesta diferenciar entre los nudos de ceibo, entre raíces, entre senderos señalar tu rostro, entre los pájaros distinguir tu mirada, encontrar en el aire tu existencia. Eres la tierra que nos diste, un ramo de cedrón que golpea con su aroma, que no sabemos dónde está, de dónde llega su olor de patria a las praderas. Te galopamos, San Martín, salimos amaneciendo a recorrer tu cuerpo, respiramos hectáreas de tu sombra, hacemos fuego sobre tu estatura. Eres extenso entre todos los héroes. Otros fueron de mesa en mesa de encrucijada en torbellino, tú fuiste construido de confines y empezamos a ver tu geografía, tu planicie final, tu territorio. Mientras mayor el tiempo disemina como agua eterna los terrones del rencor, los afilados hallazgos de la hoguera, más terreno comprendes, más semillas de tu tranquilidad pueblan los cerros, más extensión das a la primavera. El hombre que construye es luego el humo de lo que construyó, nadie renace de su propio brasero consumido: de su disminución hizo existencia, cayó cuando no tuvo mas que polvo. Tú abarcaste en la muerte más espacio. Tú muerte fue un silencio de granero. Pasó la vida tuya, y otras vidas, se abrieron puertas, se elevaron muros y la espiga salió a ser derramada. San Martín, otros capitanes fulguran más que tú, llevan bordados sus pámpanos de sal fosforescente, otros hablan aún como cascadas, pero no hay uno como tú vestido de tierra y soledad, de nieve y trébol. Te encontramos al retornar del río, te saludamos en la forma agraria de la Tucumania florida. y en los caminos, a caballo te cruzamos corriendo y levantando tu vestidura, padre polvoriento. Hoy el sol y la luna, el viento grande . maduran tu linaje. tu sencilla composición: tu verdad era verdad de tierra, arenoso amasijo, estable como el pan, lámina fresca de greda y cereales, pampa pura. Y así eres hasta hoy, luna y galope, estación de soldados, intemperie, por donde vamos otra vez guerreando, caminando entre pueblos y llanuras, estableciendo tu verdad terrestre, esparciendo tu germen espacioso, aventando las páginas del trigo. Así sea, y que no nos acompañe la paz hasta que entremos después de los combates, a tu cuerpo y duerma la medida que tuvimos en tu extensión de paz germinadora.
Pablo Neruda
Fuente: Extraído de: “Canto general”. Pablo Neruda; págs.98-100. Editorial Losada.1957
MEDITACION ANTE LA TUMBA DEL GENERAL JOSE DE SAN MARTIN . FRANCISCO LUIS BERNARDEZ -- POR RITA AMODEI
El Libertador. Meditación ante la tumba del General San Martín. Francisco Luis Bernárdez
Despierto está entre nosotros, como una estrella protectora en nuestro cielo. En el hogar que nos reúne, su nombre augusto es como el pan y como el fuego. No hay argentino que no sienta dentro del alma la virtud de su recuerdo. Y que no escuche en lo más hondo del corazón la voz profunda de su sueño. Hasta en la muerte es de sus hijos, hasta la muerte silenciosa es de su pueblo. Hasta en la muerte se derrama sobre la vida y el honor de nuestro suelo. Mientras vivió, vivió de darse, como el misterio de la música en el tiempo. Como la fuente, como el río, como la luz, como la llama, como el viento. El alma inmensa de aquel hombre sólo cabía sin dolor en un ejército. Para vivir en el mundo su corazón necesitó miles de cuerpos. Aquel ejército era el eco de su emoción, pues era carne de su carne. Su corazón le daban forma; sus venas vivas de pasión le daban cauce. Su voz vibraba en los clarines y sostenía las banderas en el aire. Hasta en los últimos tambores, lo que sonaba era su pulso formidable. Su voluntad se propagaba como un incendio hasta los puestos más distantes. De regimiento en regimiento, de batallón en batallón, de sable en sable. Su fe rodaba por las filas con el empuje de un torrente infatigable. Y su calor llegaba en olas a los lugares más confusos del combate. En el momento de la gloria no había herida que en su ser no palpitase. Si todo el triunfo era su triunfo, toda la sangre derramada era su sangre. Llegó la fecha señalada, y el gran ejército cruzó la cordillera. La mole altiva no se opuso, porque sintió que aquella fuerza era su fuerza. Aquellos hombres que pasaban estaban hechos de su polvo y de su piedra. Eran hermanos de sus rocas, de sus tremendos precipicios, de sus crestas. Eran volcanes de los suyos: tenían fuego en la raíz y en la cabeza. Eran montañas y montañas, movilizadas con fervor para una empresa. Del otro lado había pueblos esclavizados y naciones prisioneras. Había seres que esperaban la libertad, había hermanos en cadenas. Un vasto sueño los unía, y era que un sol les disipara las tinieblas. Aquella luz con que soñaban llegó por fin en el temblor de una bandera. Detrás del sol el alma inmensa de San Martín desembocó de las montañas. Y sobre medio continente se desató como un ciclón de luz y llamas. Su fuerza enorme recorría todas las fibras de aquel cuerpo que avanzaba. Y aquel abismo de materia se convertía poco a poco en cumbre de alma. Y era relámpago en los pechos, trueno en las bocas y centella en las miradas. Chispa en el bosque de las crines y tempestad en la floresta de las lanzas. Estaba entera en cada grito de rebelión, en cada puño, en cada espada. Tanto en la sangre turbulenta como en el río silencioso de las lágrimas. Nuestro destino y su destino se confundieron como el hierro en la fragua. Y nuestra historia fue tomando la forma justa de la gloria en sus entrañas. Seamos fieles a esta forma, como soldados de verdad a una consigna. Porque es la forma de la patria: justo equilibrio de valor y de justicia. Sólo una espada como aquella pudo engendrar este milagro de armonía. Porque en ninguna de la tierra la semejanza con la cruz fue tan estricta. Guardemos siempre la memoria de aquella mano sin temor y sin mancilla. Guardemos siempre su recuerdo fundamental, como si fuera nuestra vida. Con el amor con que la fruta guarda en el fondo de su seno la semilla. Con el fervor con que la hoguera guarda el recuerdo victorioso de la chispa. Que su sepulcro nos convoque mientras el mundo de los hombres tenga días. Y que hasta el fin haya un incendio bajo el silencio paternal de sus cenizas.
Fuente: Francisco Luis Bernárdez. Poeta argentino. (1900-1978).
DON JOSE DE SAN MARTIN . " MAXIMAS PARA MI HIJA " --- COMETARIO Y RECOPILACION RITA AMODEI
Las «Máximas para mi hija»San Martín escribió una lista de consejos para su hija Merceditas:
1.Humanizar el carácter y hacerlo sensible aun con los insectos que nos perjudican. Stern ha dicho a una mosca abriéndole la ventana para que saliese: “Anda, pobre animal, el mundo es demasiado grande para nosotros dos”.
2.Inspirarle amor a la verdad y odio a la mentira.
3.Inspirarle una gran confianza y amistad, pero unida al respeto.
4.Estimular en Mercedes la caridad con los pobres.
5.Respeto sobre la propiedad ajena.
6.Acostumbrarla a guardar un secreto.
7.Inspirarle sentimientos de indulgencia hacia todas las religiones.
8.Dulzura con los criados, pobres y viejos.
9.Que hable poco y lo preciso.
10.Acostumbrarla a estar formal en la mesa.
11.Amor al aseo y desprecio al lujo.
12.Inspirarle amor por la Patria y por la Libertad.
DON JOSE DE SAN MARTIN ES EL PADRE DE LA PATRIA Y LIBERTADOR DE AMERICA . VALEROSO GENERAL CONTUVO EL GENIO DE LOS ANTIGUOS POLEMARCAS EN CADA UNA DE SUS GESTAS .
SAN MARTIN PERVIVIE POR SU HEROISMO MILITAR Y SU PESO DETREMINANTE EN LA LIBERTAD DE MUCHOS PUEBLOS AMERICANOS DE SUS CONQUISTADORES PERO TAMBIEN SE LO RECUERDA COMO ESCRITOR Y ES EN SUS PALABRAS INSPIRADAS DONDE VUELCA SU FILOSOFIA DE VIDA .
SAN MARTIN TIENE LA VOZ POETICA DIAFANA DE LOS HOMBRES QUE ESCRIBEN COMO PIENSAN Y VIVEN Y HOY QUE SE CONMEMORA UN NUEVO ANIVERSARIO DE SU DESAPARICION FISICA , TRAEMOS A NUESTRA MEMORIA ESTA OBRA MAESTRA TITULADA . MAXIMAS PARA MI HIJA . .
ES NUESTRO TRIBUTO A ESTE HOMBRE SUPERLATIVO .
sábado, 4 de agosto de 2012
HECTOR TIZON , SU BIOGRAFIA POR RITA AMODEI
Héctor Tizón nació el 21 de octubre de 1929 en Yala, provincia de Jujuy. Fue abogado, periodista, diplomático, exiliado y regresado. Por estos días es Juez de la Corte Suprema en su provincia natal y uno de los mejores escritores de lengua española. Ha viajado largamente por el mundo; como diplomático de 1958 a 1962, como exiliado de 1976 a 1982. Vivió en México, París, Milán y Madrid, pero "su lugar en el mundo", al que vuelve una y otra vez, es Yala, Jujuy. Su primer libro fue publicado en México en 1960, A un costado de los rieles. Parte de su obra, siempre fiel a sus raíces y su lugar de origen con sus mitos e historias, ha sido traducida al francés, inglés, ruso, polaco y alemán. A su actividad profesional como juez y escritor, le suma también el de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras, "cargo" que le otorgara el gobierno francés recientemente.
.:Ver más sobre Héctor Tizón
HECTOR TIZON CUENTOS . RECOPILO RITA AMODEI
Anotaciones sobre la Guerra Sucia
Héctor Tizón
Un oficial
En aquel otoño de 1976 ó 1981 llegó a su casa muy de madrugada, en realidad casi ya de día, aunque los lecheros no habían dejado aún las botellas en las puertas ni los diarieros los diarios. Los enamorados, satisfechos, dormían indiferentes; los raros gallos de la ciudad esperaban, pero los divanes de los prostíbulos ya estaban fríos. El coche lo dejó en la esquina porque él prefirió bajarse allí y caminar hasta el portal para sentir el aire fresco de esa hora. Las veredas estaban vacías, como es natural, y él debió, en el trecho de la casa vecina en construcción, descender a la calle para no pasar debajo de los andamios, que estaban hechos de tubos metálicos y en la punta de esos tubos alguien, seguramente uno de los obreros, había dejado olvidado un pañuelo que apenas si ondeaba en el viento del amanecer. Sus hijos dormían pero su mujer, que tenía el sueño liviano o simulado de las gatas, despertó con el imperceptible ruido del pestillo y preguntó si era él, y él dijo "sí soy yo", contrariado o asombrado por aquella voz. Cruzó el living a tientas y entró en el cuarto de baño. Allí se quitó la chaqueta y comenzó a lavarse las manos. Intentó mirarse en el espejo pero, sin luz, sólo era como una sombra sobre la luna. Se mojó la cara y se lavó las manos dos y tres veces. Después no quiso entrar en el dormitorio donde estaba su mujer y se echó sobre el sofá. Se tapó los oídos con algodones, pero enseguida sintió que algo extraño lo incomodaba sobre la piel de las manos. Regresó al cuarto de baño, se las lavó y cepilló y volvió a hacerlo nuevamente. Se tiró sobre el sofá -aún tenía los tapones en los oídos- y cerró los ojos, pero no pudo conciliar el sueño; él, un hombre fuerte, y disciplinado, que estaba seguro de todo, que creía que la Tierra era redonda y que los astros giraban alrededor del horizonte y que los cuerpos más pesados como la tierra tendían a colocarse debajo y los más ligeros como el fuego y el aire arriba, y así incluso había hallado la explicación del mar, situado sobre la tierra y debajo del aire; y que no había dos cosas parecidas y que las verdades eran nítidas y tenían su contrario y que éste era nítido también, como una verdad, pero abominable y subversiva, y que Dios era también el príncipe, aunque su cara estuviese reflejada en las aguas de un estanque y el viento, que es Dios, las agitara y confundiera, y borrara. Entonces se quitó las botas y el correaje de la pistola pero, aunque la luz del sol se obstinaba ya en colarse a través del ventanal, la mueca, el rictus de los labios, la mirada inmensa de aquellos ojos aterrados todavía estaban allí.
Unos vecinos
Han escuchado un ruido inusual que seguramente proviene de la calle, la calle que está abajo y está fría, inhóspita y desierta. Alguien que da voces, tal vez. Un grito insólito en la noche. Pero hace mal tiempo y, quizá, por eso la gente grita, así como en el buen tiempo alguien puede silbar o cantar o estrellar una botella o un cascote en las vidrieras y gritar y divertirse y dar alaridos. Allí viven los dos -es un departamento discreto y con macetas-, aunque la paga de ambos, jubilados, sea escasa. No han tenido hijos, o si los tuvieron están lejos e indiferentes, como suelen ser los hijos con los viejos, y no sólo con los viejos propios sino también con los demás; están en Formosa o en Tucumán, o todo lo contrario, y se casaron y sólo envían tarjetas postales y cosas así. Pero antes del ruido inusual se oyeron rugir motores y estampidos y voces llamando. Está de noche oscura, las puertas bien cerradas y allí está tibio, e incluso pueden ser voces enemigas, no enemigas de ellos, claro, que sólo son inofensivos y cobran su jubilación -la que esperan de un momento a otro sea aumentada de acuerdo con el índice del costo de vida-, sino enemigas de otros enemigos. Y ellos no tienen ninguna culpa ni son ellos -ni siquiera sus hijos- los que llaman. Y además ahora llueve, o llovizna, y hace frío, y si encendieran las luces podrían, tal vez, ser después llamados como testigos y tendrían que salir vestidos como en domingo o para misa y prestar juramento y esperar horas delante de un suboficial frente a la máquina de escribir y volverían a ser citados ante los jueces, por una culpa ajena o por una equivocación, o porque alguien gritó clamando socorro. Y ellos no hicieron nada para que eso sucediera y eran ajenos y distintos de los perseguidores y de los acorralados. Y están cansados. Y, después de todo, ahora a punto de pasar la noche durmiendo. La noche anterior al día siguiente en que no habrá pasado nada, seguramente.
Un gato
El lo había dicho: si llegan a mí, no lo soportaré, porque creía que el cuerpo de un hombre sirve para todo menos para el dolor.
¿Y si después reaparecía y confesaba voluntariamente, lealmente ? ¿Qué es lo que podría decir sin perder la cara, sin pecar? Que en un principio, sí, creyó ("Yo no vengo a pacificar, sino a meter espada"). Sí, claro, vean ustedes mismos: los mercaderes y el templo y los hipócritas. Sólo queríamos lo bueno y lo justo. Pero no. Nadie quiere por ahora las confesiones espontáneas, sino el horror del potro de tormento. Es como un juego y ninguno quiere cambiar sus papeles. Un hombre sólo obtiene su justificación en la carne de otro hombre: saber lo peor no nos consuela cuando lo peor es irremediable.
Al ser descubiertos pudieron escapar, disgregados, y él echó a correr en la noche, a lo largo de la calle junto al terraplén ferroviario. Ahora estaba aquí. Pero habían sido tres, ¿dónde estarían los otros? No hay valientes, sino gente que enmascara su miedo. Sus pulmones estaban a punto de estallar cuando en su carrera encontró el galpón, aparentemente abandonado. ¿O sólo era domingo? En un estrecho corredor, entre cajones superpuestos, se echó a descansar, a respirar en calma, a esperar. Todo estaba oscuro, luego comenzó a clarear. Con las primeras luces distinguió la ventana, se arrastró hasta ella y con un dedo hizo un trazo sobre el polvo del vidrio: las casas del frente eran bajas y modestas; apenas si llovía. Vio pasar un perro siguiendo a otro perro y, mucho después, a una niña. Apoyó la frente en la ventana para verla mejor. ¿Adónde iría? También su hermana a esas horas quizá se aprestaba para ir a la escuela. A pesar de la diferencia de edades, aún jugaban o él hacía que jugaban aunque al rato estaban jugando de verdad. Su padre, el juez, había muerto hacía mucho, cuando cayó sobre el estrado en plena audiencia, y él había sido con él como su padre y también como el hermano de su padre y, a veces, como el hermano menor o su hijo. La madre apenas si contaba, ocupada todo el día en su consultorio. La madre le había prohibido llevar la gata a la cama. Pero cuando ella no llegaba para darle las buenas noches y conversar un rato simulando una visita de gente mayor, se desquitaba llevándola. El había leído que un héroe, o un político famoso, o un célebre gángster amaba a un gato; que en su despacho rondaba siempre entre las carpetas un gato mimado por los jóvenes, solícitos y fornidos guardaespaldas. Después transcurrieron varias horas en que nadie pasó junto a su ventana, ni siquiera esos perros vagabundos. Y otra vez anocheció. A tientas regresó a dormitar en el corredor entre los bultos apilados, pero inmediatamente oyó, no tan lejanas, las sirenas de los vehículos policiales. Y después, nítidamente, unas descargas como en una tormenta, como cuando se cierne la tormenta. Se acurrucó quieto en su lugar y trató de pensar en otra cosa. Amanecía otra vez. Pero las sensaciones obstruían sus recuerdos, los tejados, una galería de gruesas columnas blancas en su casa paterna en las montañas durante las vacaciones densas y breves y donde hacía siempre verano. Enseguida volvió a escuchar la clara, evidente llegada de automóviles y, de inmediato, creyó escuchar voces, ininteligibles. Se arrastró entre los cajones apilados, apartándose del estrecho corredor. Después, paralizado, oyó que algo, un florero, una lámpara, un objeto rotundo caía haciéndose trizas en el suelo. Apoyándose en las rodillas y los antebrazos comenzó a buscar la salida, pero al cabo se dio cuenta de que iba en sentido contrario. Los ruidos se hacían más promiscuos, y también las voces, que antes creyó lejanas. Entonces descubrió junto a uno de los cajones un trozo de alambre y no lo pensó más: trepó a los cajones y se colgó de uno de los tirantes del techo, en el momento en que el gato volvía a saltar echando al suelo otro de los frascos de pintura y los primeros trabajadores, que acababan de descender de los camiones, penetraban en el galpón esa mañana de lunes.
Héctor Tizón
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